Señor, ¿no te importa?
Todo comenzó en primavera, cuando los azafranes comenzaban a abrirse paso en medio de la tierra endurecida. Pero el calor de la nueva estación nunca logró penetrar mi alma. Dios se sentía distante y ocupado con otros asuntos. Creo que esa fue mi primera crisis espiritual real. Mi camioneta se convirtió en el lugar donde todo llegó a un punto crítico.
Había ido a visitar a mi madre, quien batallaba contra la depresión luego de una cirugía de corazón abierto. Esperaba que mi amor de alguna manera arreglara la situación, pero nada pareció ayudar. Entonces, mientras me preparaba para regresar a casa, descubrí que la ventana del pasajero de mi camioneta no subía.
Se acercaba una fuerte tormenta, y la calefacción del vehículo llevaba meses sin funcionar. Me subí a la camioneta y salí del pueblo, manejando con emociones desbordadas… frustrada por la ventana que no cerraba, preocupada por mi madre quien parecía haberse rendido. Pero, sobre todo, me sentía enojada con Dios, Quien no parecía estar prestando atención.
«Señor, ¿no te importa…?»
Esas fueron las palabras de Marta para Jesús en Lucas 10:40, cuando su hermana María la dejó sola con todos los preparativos para Su visita.
Aunque no todas hemos dicho esas palabras en voz alta, creo que todas las hemos sentido en algún momento. Señor, ¿estás viendo lo que estoy atravesando? ¿No te importa?
Me alegra que podamos llevar nuestras preguntas a Jesús, pero también es importante quedarnos a recibir Su respuesta.
En Lucas 10:41-42, «El Señor le respondió: «Marta, Marta, tú estás preocupada y molesta por tantas cosas; pero una sola cosa es necesaria, y María ha escogido la parte buena, la cual no le será quitada»» (NBLA).
La respuesta de Jesús a Marta puede parecernos un poco dura. Después de todo, Marta solo intentaba servirle. Pero el Señor identificó una raíz de ansiedad que recorría su alma; algo que no podía sanar simplemente con más ayuda en la cocina.
Así que, en vez de darle a Marta lo que ella quería, Jesús le dió lo que necesitaba, algo mucho mejor, una invitación a sentarse a Sus pies. A dejar de lado el esfuerzo y disfrutar el permanecer en Dios. A dejar de intentar lograr y simplemente recibir.
Jesús también llegó a mi encuentro esa noche oscura y tormentosa, mientras derramaba ante Él mi dolor y confusión. Aunque el viaje me tomó el doble de tiempo, en algún punto, en medio de esos kilómetros fríos y desolados, desvaneció mi enojo.
El último vestigio de ira se derritió a unos 40 km de casa, cuando me di cuenta de que estaba entrando en calor. De verdad, ya no tenía frío. Aunque mi nariz se sentía irritada por el viento y mis mejillas hormigueaban, el resto de mi cuerpo, milagrosamente, se sentía extremadamente abrigado.
Mi Padre había escuchado y respondido. Él no había arreglado mi ventana, pero me había envuelto en Sus brazos.
Sentí que me decía, Confía en Mí, Joanna. No solo me importan tus preocupaciones, sino que tengo en mente tu bien.
por JOANNA WEAVER
