La práctica sagrada de prestar atención.
Últimamente, me he dado cuenta de lo rápido que suelo reaccionar ante una situación, incluso antes de pensarlo. Una conversación tensa me oprime el pecho. Un correo electrónico inesperado me provoca una oleada de ansiedad. Una pequeña decepción hace que mi mente se llene de historias familiares de miedo o frustración.
Gran parte de la vida se desarrolla en estos pequeños momentos cotidianos, y sin embargo me doy cuenta de lo fácil que es dejarme llevar, sin apenas ser consciente de lo que está sucediendo dentro de mí. Para todas nosotras, estos momentos pueden parecer insignificantes, pero dan forma a la manera en que vivimos, respondemos y vemos el mundo que nos rodea.
Muchas de nosotras anhelamos responder con gracia en lugar de hacerlo defensivamente, con paz en lugar de pánico, con confianza en lugar de control. Pero si somos honestas, nuestro deseo de responder con sabiduría puede convertirse fácilmente en esmerarnos.
Le pedimos a Dios que sane nuestras reacciones y remodele nuestros patrones, pero en algún momento del camino, comenzamos a vivir como si todo el proceso dependiera de nosotras. Olvidamos que Dios está obrando dentro de nosotras.
Es entonces cuando necesitamos recordar la sencilla pero profunda invitación del Salmo 107:43, «Quien sea sabio, que considere estas cosas y entienda bien el gran amor del SEÑOR».
Las Escrituras sugieren que la sabiduría no consiste principalmente en esforzarse más. Se trata de reflexionar, prestar atención, escuchar con cuidado y detenernos el tiempo suficiente para notar lo que Dios ya ha hecho y lo que está haciendo en este momento.
Reflexionar no es simplemente recordar; es un proceso reflexivo, relacional y pausado. Reflexionar es permanecer en la presencia de Dios, centrándonos en la provisión silenciosa que casi pasamos por alto, el consuelo enviado a través de una amiga, las formas a menudo invisibles en que Él nos sostiene cuando la vida se nos hace pesada.
Muchas situaciones cotidianas, incluidas las inconveniencias y las decepciones, nos invitan a este tipo de atención. Es fácil reaccionar instintivamente, ponernos a la defensiva, retirarnos o simplemente seguir adelante. Pero cuando nos detenemos para hacer caso a lo que podemos observar y meditar con sabiduría, comenzamos a ver la presencia amorosa de Dios precisamente en esos lugares que se sienten incómodos o difíciles.
¿Y si la transformación espiritual comenzara con prestar atención?
Significa darse cuenta de lo que está sucediendo en este momento… la tensión en nuestros hombros, la aspereza en nuestro tono, las historias que nos cuenta nuestra mente. Sin la práctica sagrada de la atención, tendemos a vivir dentro de nuestras reacciones. Con atención, podemos empezar a ver nuestros comportamientos de una manera nueva.
Por supuesto, la atención por sí sola no es suficiente. La belleza está en permitir que el amor de Dios nos encuentre donde estamos; Señor, esto es lo que está pasando en mí. Muéstrame cómo me estás amando aquí.
Hoy, sea cual sea el momento que estés viviendo: el agotamiento, gozo, la frustración, o la ansiedad, ¿cómo sería prestar atención y reflexionar? ¿Cómo sería reducir el ritmo y preguntar, «Señor, ¿dónde estás en este momento?» ¿Cómo sería buscar Sus obras de amor, incluso aquí?
La transformación no comienza con un esfuerzo ansioso, sino con una comunión tranquila y atenta con Aquel que ya está presente.
por TAYLOR JOY MURRAY
