La fuerza que no tengo.
«¿Estás bien, mami?» Los ojitos de mi hijo me miraban fijamente, esperando mi respuesta. Supongo que no estaba disimulando tan bien como creía. La respuesta a su pregunta era, en realidad, muy complicada.
Graham solo tiene 3 años y como no le corresponde cargar con todo lo que pasa en la vida de su mamá, me dirigí a él con una mirada cansada, exhausta, débil y con una sonrisa cálida, le dije, «sí, campeón, voy a estar bien».
Porque esa era la verdad… iba a estar bien, aunque en ese momento no estuviera segura de estarlo.
Lo voy a decir sin rodeos; no me gusta ser débil. En lo absoluto. Pero la ironía de la vida es que está destinada a poner de manifiesto nuestras debilidades. Ya sean físicas, emocionales o incluso espirituales, las debilidades nos acaban alcanzando a todas.
Pero magnificar a Jesús significa aceptar nuestra debilidad.
Si lo piensas bien, es bastante radical que Jesús eligiera tomar una forma de debilidad cuando vino a la tierra. En debilidad, nació como un bebé vulnerable en un establo vulnerable. En debilidad, caminó como hombre completo, familiarizándose con nuestra fragilidad, incluso mientras seguía siendo completamente Dios. En debilidad, Jesus fue burlado y golpeado, y murió una de las muertes más vulnerables que el mundo haya visto jamás.
Filipenses 2:7 dice que Él «se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos». A.W. Tozer lo explica: «Lo tenía todo, pero no poseía nada. Ese es el secreto espiritual».
Jesús aceptó voluntariamente la debilidad para dar prioridad a la fuerza del Padre.
Así que, si nuestro Salvador, que se revistió de debilidad por nosotras, confió en la fuerza de Dios, ¿cuánto más debemos nosotras apoyarnos no en nuestra propia fuerza, sino en la fuerza de Aquel que envió a Su Hijo y venció a la muerte por nosotras?
Por naturaleza somos débiles, pero como vivimos en una cultura que glorifica la fuerza y la independencia, la debilidad y la dependencia son, en realidad, cosas que necesitamos practicar.
Magnificar significa «hacer grande», y eso es lo que sucede cuando nos apoyamos en nuestra dependencia y nuestras debilidades para mostrar la fuerza de Jesús. Significa acercarnos al Señor y tener conversaciones sinceras con Él acerca de todas las áreas en las que lo necesitamos. Significa abrir Su Palabra, sabiendo que es agua para nuestras almas sedientas.
Aunque no podía explicarle todo a Graham en mi momento de debilidad, el Señor ya lo sabía y ya se estaba ocupando de ello.
Dios quiere sostenernos en nuestra debilidad. «porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12:10b, NVI).
por MORGAN KRUEGER
