Encuentra libertad del arrepentimiento.
Hay una voz en mi cabeza, una voz de condenación. Dice, ¿cómo pudiste hacer eso? Susurra, ¿qué clase de cristiana eres en realidad? Esas acusaciones que se escabullen me hacen dudar de lo que sé que es verdad según la Palabra de Dios.
Por la mañana, puede que lea un versículo sobre el hecho que no hay condenación para los que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1), pero para la hora del almuerzo, esa voz de condenación me ha convencido de que, si la gente realmente conociera mis luchas más profundas, nadie me amaría. Y Dios es Quien te conoce mejor, así que ¿cómo puede seguir amándote?
El remordimiento me invade, llevándome a esconderme de Dios, de los demás, de mí misma.
¿Alguna vez has sentido esa voz de condenación, demasiado pesada para soportarla?
Hay otra voz, suave y apacible, fácil de perderse si uno no está escuchando. Esta voz te invita a ser honesta sobre lo que está pasando, y a ver las cosas como realmente son.
Tal vez me atrasé en un proyecto del trabajo, así que me desestresé viendo demasiada televisión o comprando muchas cosas por internet, y ahora enfrento un fuerte remordimiento. O quizá me sentí excluida de una cena con amigas, y dejé que mi enojo me llevara a hablarle de manera cortante a mi esposo.
Quizá a eso se refería Pablo cuando escribió, «Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte» (2 Corintios 7:10).
Cuando prestamos atención a las voces en nuestra mente, podemos reconocer las mentiras del acusador, Satanás, que susurra condenación para alejarnos de Dios (Apocalipsis 12:10). Pero también podemos aprender a distinguir la voz del Espíritu de Dios, a quien Jesús llama nuestro Abogado, Aquel que nos convence para acercarnos a Dios (Juan 16:7-11).
Hay una clara diferencia entre condenación y convicción:
- La condenación nos hace escondernos en la vergüenza y la oscuridad, llevándonos a buscar actividades que nos calmen, pero que a menudo se convierten en hábitos dañinos y pecaminosos.
- La convicción nos atrae hacia la luz del Padre. Aun si es doloroso, somos honestas con Dios, entrando en acuerdo con Él acerca de las tendencias destructivas dentro de nosotras y pedimos Su gracia y misericordia para transformarnos.
Dios nos ofrece gratuitamente perdón, sanidad y restauración. Nos acerca a Él en una relación personal y transforma nuestro lamento en alegría, nuestra oscuridad en luz.
Ya no amerita escuchar las acusaciones en nuestra mente. Porque, en medio de nuestro pesar, hay una invitación a elegir escuchar la voz de Jesús, Aquel que aún hoy dice, «—Tampoco yo te condeno. Ahora vete, y no vuelvas a pecar» (Juan 8:11, NVI).
Podemos dejar el control remoto, nos podemos disculpar con nuestro esposo y podemos caminar hoy en libertad y gozo.
por ASHERITAH CIUCIU
