El control parece más seguro que la confianza.
«¿Qué te parece si nos vamos de acampada este fin de semana?», preguntó mi marido. Lo miré con exasperación.
Estábamos en medio de una etapa sumamente exigente. Nuestra hija mayor había empezado la universidad, la del medio estaba en su último año de escuela superior y la pequeña había comenzado a conducir con su licencia de principiante. Yo estaba luchando con una enfermedad autoinmune sin señales de remisión y además estábamos hasta el cuello con facturas médicas por las necesidades de salud de nuestra hija.
La idea de acampar, relajarnos junto a una hoguera, escuchar los sonidos de la naturaleza y hacer senderismo sonaba maravillosa. Pero había demasiadas cosas en marcha como para dejarlo todo y disfrutar un fin de semana. Estaba agotada y aunque me habría venido bien ese descanso, sentía que no podía irme.
Mi respuesta a la pregunta de mi marido no tenía que ver solo con mi amor por mi familia ni con mis esfuerzos por tener un «corazón al servicio de Dios». Enredadas en mi deseo de servir estaban las raíces del control… y del miedo. Yo me encargaba de todo en casa porque me gustaba la sensación de control que me daba. Aunque otras cosas me abrumaban, podía concentrarme en mi lista de quehaceres, mantenerme organizada y encontrar una falsa sensación de seguridad.
Este tipo de control consiste en confiar en nosotras mismas, no en Dios. Podemos decir que confiamos en que Dios proveerá para las necesidades de nuestra familia, pero nuestras acciones muestran que nos da miedo rendirnos y confiar realmente en Él.
¿Qué pasaría si alineáramos nuestros corazones y nuestras acciones con las Escrituras?
En el Salmo 27:1, David proclamó: «El SEÑOR es mi luz y mi salvación; ¿A quién temeré? El SEÑOR es la fortaleza de mi vida; ¿De quién tendré temor?». Si creemos también que Dios es todo eso en nuestra vida, ¿por qué confiamos en nosotras mismas para mantenerlo todo en orden?
¿Te sientes más cómoda cuando eres tú quien tiene el control? ¿Con qué frecuencia sueltas las riendas de las tareas cotidianas y permites que otros te ayuden, confiando en que Dios también tiene el control sobre eso?
El control puede resultar reconfortante, pero es un sustituto frágil de la confianza.
Para volver a alinear nuestro corazón y confiar más en Dios que en nosotras mismas, necesitamos reconocer que nuestra necesidad de control puede estar arraigada en temores que Dios no tiene en mente nuestro bien, que no va a actuar a nuestro favor o que no le importamos. Un buen punto de partida es declarar en voz alta el Salmo 27:1 cuando surja nuestra necesidad de control. Podemos proclamar que nuestro Padre es nuestro refugio seguro y nuestra salvación. No necesitamos controlar todo con miedo, porque Él ya lo sostiene todo por nosotras y desea lo mejor para nuestras vidas.
Al final, acepté ese viaje de acampada… y valió la pena cada momento.
Padre, estoy tan agradecida de que seas Tú Quien tiene el control. Perdóname por intentar tomar las riendas y mantenerlo todo bajo control. Ayúdame a tener el valor de soltar el control y confiar en que Tú harás que todo salga bien para mí y para Tu gloria.
por NICHOLE J. SUVAR
