De puños apretados a manos abiertas.
Cuando colgué el teléfono después de hablar con mi hija, mi mente comenzó a dar vueltas. Repetí sus palabras y de inmediato comencé a buscar una manera de arreglar las cosas. De repente, me había convertido en mi alter ego superheroína, la capitana arréglalotodo, lista para salvar el día.
Convencida de que mi plan cuidadosamente elaborado funcionaría, llamé a mi mejor amiga, segura de que me diría, «Eso es exactamente lo que yo haría en tu lugar».
Pero ella no respondió. ¿Y ahora qué? Como si se me hubiera encendido una luz, me di cuenta de que, en lugar de pedir ayuda a otra persona, tenía que arrodillarme y pedirle ayuda al Señor.
Mientras oraba pidiendo sabiduría y discernimiento para ayudar a mi hija, sentí que el Señor me guiaba a no hacer… nada.
Absolutamente nada.
En el fondo, sabía que me estaba pidiendo que lo soltara. Pero el miedo comenzó a incrementar y comencé a imaginar todos los peores escenarios posibles. Uno por uno, le expresé cada miedo a Dios, contándolos con los dedos hasta que me quedé allí sentada con la mano abierta.
En ese momento, todo se volvió más claro. Con lágrimas corriendo por mi rostro, finalmente exhalé.
De rodillas, con la mano abierta, el Señor me recordó suavemente que podía dejarlo ir y confiar en que la situación ya estaba en Sus manos. En Su bondad, me mostró que mientras un puño cerrado se aferra al miedo, una mano abierta está lista para recibir Su paz.
El Salmo 145:16 pinta esta hermosa imagen de Dios. «Abres Tu mano, Y sacias el deseo de todo ser viviente». Este versículo nos recuerda que Dios no nos niega nada.
Sin embargo, al reflexionar sobre esas palabras, me di cuenta de cuántas veces me retengo ante Dios. Cuando surgen problemas, mi reacción automática es ponerme en modo «arreglalotodo», apresurándome a resolverlo todo por mi cuenta antes incluso de pensar en orar. Cuanto más se acumula el estrés, más apretado se vuelve mi agarre.
Pero tú y yo no fuimos creadas para aferrarnos a la vida con los puños apretados. En cambio, se nos invita a soltar el control y llevar nuestras manos abiertas a Dios.
Incluso en los momentos en que creemos saber qué es lo mejor. Cuando nos sentimos abrumadas. Cuando el siguiente paso no está claro. Con las manos abiertas, podemos llevarlo todo a nuestro Padre amoroso y ponerlo en Sus manos. Porque solo cuando nuestras manos están abiertas podemos recibir todo lo que el Señor anhela darnos.
Amiga, sea lo que sea a lo que te enfrentes en este momento, te animo a que te arrodilles ante tu Padre y abras tus manos en oración. No te aferres con tanta fuerza. Afloja tu agarre y descansa en Su promesa de paz.
Puedes seguir adelante y respirar ese suspiro de alivio. No tienes que llevar esto sola.
por TERESSA SHREWSBURY
