Confía en el Dios que te encuentra en lo desconocido.
Recuerdo lo nerviosa que estaba al comenzar la universidad. Me estaba mudando lejos de mi ciudad, oraba por encontrar amigas y me avergüenza admitir que estaba molesta con mis papás mientras ellos me ayudaban a acomodar mi dormitorio. Sentía que todo estaba cambiando.
Crecí y aprendí durante esos años. Hice nuevas amistades, cambié de especialización una o dos veces, apenas pasé esa materia, fui a eventos sociales aunque no siempre tenía ganas y vi a Dios sorprenderme una y otra vez. No siempre fue fácil, pero se volvió fructífero… incluso familiar.
En un abrir y cerrar de ojos, me encontré sentada con mis compañeras de cuarto en nuestra pizzería favorita, hablando de la graduación y preguntándonos qué sería lo siguiente.
Me di cuenta de lo especial que se había vuelto esa etapa justo cuando estaba por terminar. Me encontraba insegura con respecto a conseguir trabajo y comenzar a despedirme de amistades que significaban todo para mí. ¿No se supone que graduarse debe ser emocionante y espectacular? Pensar en lo desconocido resultaba sofocante.
Incluso, alguien de mi ciudad me dijo en las redes sociales, «Disfrútalo ahora. Los mejores días ya pasaron. Vas a extrañar esto».
Comencé a sentir miedo. ¿Y si ella tenía razón? ¿Y si todo lo que venía era solo presión, responsabilidades y nostalgia por el pasado?
Ese miedo no es nuevo. Las Escrituras nos lo muestran claramente. Al inicio del libro de Josué, el pueblo de Dios enfrentaba una gran incertidumbre. Moisés, su líder de confianza, había muerto. La tierra prometida estaba por delante, pero llena de enemigos que tendrían que derrotar. Y Josué, su nuevo líder, estaba asustado.
Sin embargo, Dios no le estaba pidiendo a Josué que conociera el futuro, le estaba pidiendo que confiara. En lugar de un plan de cinco años, Dios le entregó a Josué una promesa…
¡Sé fuerte y valiente! No tengas miedo ni te desanimes, porque el SEÑOR tu Dios te acompañará dondequiera que vayas» (Josué 1:9).
Quizá eso es lo que toda persona, ya sea que se esté graduando o enfrentando decisiones sobre su futuro, necesita recordar… los buenos tiempos no han terminado.
Puede haber presión por las finanzas, agendas y por el esfuerzo duro en tu nueva etapa. Puedes hacer planes para esas cosas, pero aún más importante es tener ojos que vean a Dios en medio del cambio y un corazón que confíe en Él en lo desconocido. Aún cuando no sepas lo que vendrá, Dios ya está allí.
El final de algo bueno en tu vida no significa que la bondad de Dios haya terminado. Dios no te abandonará después de la graduación. No desaparecerá después de la celebración. El mismo Dios que se encontró contigo mientras orabas en la madrugada, en tu crecimiento en el pasado y mediante esas amistades que te marcaron, también se encontrará contigo en cada paso siguiente. Los mejores tiempos son los que vivimos ahora, caminando con el Dios que bendice, guía y hace milagros.
por GRACE VALENTINE
