Lecciones de la correa que guía el perro.
Una vez que mi esposo y yo elegimos a nuestra perrita, Princess, en el refugio, fuimos a comprar lo necesario: comedero y bebedero, una cama cómoda y, por supuesto, una correa resistente. Queríamos que nuestra nueva mascota estuviera segura.
Cuando dimos nuestro primer viaje a la vuelta de la cuadra, me di cuenta de que Princess y yo no caminábamos al mismo ritmo. Así comenzaron las lecciones de la correa:
- Yo estoy a cargo. Damos paseos cortos para que ella haga sus necesidades, pero yo decido cuándo y a dónde vamos. También disfrutamos de largos paseos por el parque o la reserva natural, pero esto ocurre según mi horario, no en el suyo.
- No te salgas del camino. Princess ve una ardilla o un conejo y comienza a perseguirlos hasta que llega al final de la correa. Eso la mantiene a salvo de extraviarse.
- Déjalo en paz. Ella olfatea diligentemente a mi lado. A veces encuentra algo intrigante (o peligroso), pero le digo, «¡Déjalo!».
- Nos movemos a mi ritmo. Princess suele tirar de la correa, ansiosa por adelantarse. Cuando lo hace, me detengo por completo. Si ella quiere caminar, lo hacemos a mi ritmo.
Un día frustrante, mientras mi compañera de cuatro patas me tiraba de todas partes, sentí algo parecido a un susurro de Dios en mi alma.
¿Cuántas veces decido cuándo y adónde ir sin pensar en Él?
¿Qué desvíos me alejan del camino que recorremos juntos?
¿Me aferro desesperadamente a algo que debería dejar atrás?
¿Cuándo me he precipitado hasta el punto de que Dios ha tenido que detenerme por completo?
Afortunadamente, Dios no nos ve como mascotas sino como Sus hijas, y no estamos unidas a Él por una correa, sino por el Espíritu Santo. Sin embargo, algunas lecciones de la correa siguen siendo válidas…
- En última instancia, es Dios quien decide cuándo y a dónde voy. Puedo creer que yo tenga el control, pero no es así.
- Me distraigo fácilmente. Navego sin pensar por las redes sociales, me dejo llevar por los chismes y envidio lo que tienen los demás. Pero el Espíritu de Dios me recuerda que debo seguir por Su buen camino.
- Tiendo a aferrarme a viejos hábitos, proyectos e incluso ministerios mucho después de que hayan cumplido su propósito. Las palabras tiernas del Espíritu — déjalo — son mi señal para soltar y seguir adelante.
- A menudo, cuando presiento a dónde quiere Dios que vaya, me lanzo a toda velocidad. Pero incluso en el camino correcto, necesito avanzar al ritmo de Dios, no al mío. Lo que yo veo como obstáculos pueden ser pequeños contratiempos espirituales que me mantienen en sintonía con el tiempo de Dios.
La petición del Rey David en el Salmo 25:4, escrita probablemente en un momento difícil de su vida, se ha convertido en mi oración a lo largo de mis mis propios errores y desvíos. «SEÑOR, hazme conocer tus caminos; y enséñame tus sendas».
Al igual que la correa de Princess la mantiene a salvo, el Espíritu protege y dirige nuestros pasos mientras caminamos con Dios.
¿Y tú, amiga mía? ¿En qué aspectos te cuesta seguir el ritmo y el camino de Dios? ¿Cuáles de estas lecciones se aplican a tu caminar con Él?
por SHIRLEE ABBOTT
