Deja de esperar a que todo sea perfecto.
El versículo clave de hoy siempre logra detenerme en seco. No puedo decirte cuántas veces me he quedado sentada con un sueño en el corazón, esperando el momento «perfecto». Tal vez a ti también te ha pasado, y te has dicho: «cuando tenga más tiempo, más dinero, más claridad…»
Pero Eclesiastés 11:4 nos recuerda: «El agricultor que espera el clima perfecto nunca siembra…«. Y si nunca sembramos, no habrá cosecha.
También lo vemos en la historia de Abraham. En Génesis 12, Dios le pidió que dejara su tierra y fuera a un lugar que no conocía. Sin indicaciones, sin mapa. Casi puedo oírlo decir: «Dios, ¿podrías darme un poco más de información?». Pero Abraham fue. Y su fe no solo lo bendijo a él, sino a generaciones enteras.
¡Eso me desafía! A veces el paso que Dios me pide dar parece pequeño, pero no puedo saber a quién más bendecirá mi obediencia.
Luego vemos la historia de Moisés. Él discutió con Dios, insistiendo en que no era lo suficientemente bueno para hablar por su pueblo. Ahí me veo reflejada yo también. Señor, no me siento capacitada. Pero la respuesta de Dios a Moisés fue sencilla, «yo te ayudaré a hablar…» (Éxodo 4:12, NVI).
Una y otra vez, retrocedo en lugar de avanzar, pero Dios me recuerda que no se trata de mi capacidad, sino de Su presencia.
De manera similar, la historia de la reina Ester siempre me conmueve. Podría haberse quedado oculta en el palacio, protegida y cómoda, pero cuando llegó el momento, ella arriesgó su vida para salvar a su pueblo. Las palabras de su primo Mardoqueo resonaron con fuerza, «¡Quién sabe si precisamente has llegado al trono para un momento como este!»» (Ester 4:14b, NVI).
Cuando dudo si actuar, esto me hace preguntarme, ¿y si aquello que más temo hacer es justamente lo que Dios quiere usar para impactar la vida de alguien más?
Y luego vemos a Pedro, el único discípulo lo bastante valiente como para salir de la barca y caminar sobre el agua cuando Jesús lo llamó (Mateo 14:28-31). Sí, se hundió cuando el miedo lo venció, pero también logró caminar sobre el agua.
Cada vez que me enfrento a un «momento de barca», pienso en Pedro. Permanecer a salvo resulta cómodo, pero la comodidad puede impedirnos experimentar milagros.
Amiga, no sé qué miedos o dudas estás enfrentado hoy. Tal vez sea el miedo al fracaso, al rechazo o simplemente a lo desconocido. Conozco bien esos sentimientos. Pero esperar a que las condiciones sean perfectas significa perder lo que Dios quiere hacer ahora.
Quizá hoy sea tu día para dar un paso. Empieza aquello que llevas postergando. Haz esa llamada. Escribe esa página. Pronuncia esas palabras. Sal de la barca. Porque la cosecha no llega a quienes esperan el sol, sino a quienes confían lo suficiente en Dios como para sembrar semillas, incluso bajo cielos nublados.
por MELISSA VERA
