Ajustemos nuestras expectativas en relación a la cruz.
Cuando mi esposo fue diagnosticado con cáncer oramos por su sanidad. Nuestros amigos y familiares de todo el mundo se unieron a nosotros en oración y adoración ferviente. Yo creía con todo mi corazón que Dios podía sanar a mi esposo. Soñé que su cáncer se disipaba de alguna manera y que su cuerpo era completamente restaurado.
De rodillas le prometí a Dios que si llegaba la sanidad, le daría a Él toda la gloria. Me imaginaba que mucha gente llegaría a conocer a Jesús a causa de un milagro como éste.
Cuando mi esposo se graduó al cielo tan solo tres meses después de recibir su diagnóstico, tuve que enfrentar una decepción desgarradora. Dios me retó a dejar atrás mis expectativas equivocadas y a creer que esto aún podía ser para Su gloria.
En el primer día de la Semana Santa, cuando Jesús entró a la ciudad de Jerusalén, el pueblo asumió una postura de humildad para glorificarlo como el Rey Mesías. Según Juan, uno de los discípulos más cercanos a Jesús, «tomaron hojas de las palmas y salieron a recibir a Jesús, y gritaban: «¡Hosanna! BENDITO EL QUE VIENE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR, el Rey de Israel»» (Juan 12:13). También extendieron sus mantos en la calle y cantaron palabras de los salmos bíblicos como una proclamación pública.
Pero muchos adoradores se dejaban llevar por expectativas equivocadas. Esperaban a un rey que los salvara mediante la fuerza militar y la victoria sobre la opresión de los romanos.
Jesús eligió actuar al margen de las expectativas humanas y centrarse en la gloria de Su Padre. Para cumplir la profecía en Zacarías 9:9, Él no montó un caballo real ni un carruaje listo para la batalla, sino un burro prestado. El burro era un símbolo de paz y humildad. Jesús no se presentó como un guerrero, sino como un Sirviente sufrido y Príncipe de Paz (Isaías 9:6).
Al igual que las personas que adoraban a Jesús durante Su entrada triunfal, nosotras, también, con frecuencia albergamos expectativas incumplidas. Ya sea que nos demos cuenta o no, solemos esperar que nuestros matrimonios, nuestros hijos, nuestros trabajos o incluso nuestro servicio a la Iglesia nos brinden plenitud y propósito completos y duraderos. Oramos por resultados específicos, y cuando esas áreas de nuestras vidas resultan en algo diferente, nos quedamos atrapadas en la desilusión.
Pero Jesús viene a liberarnos de nuestras expectativas y nuestros esfuerzos para controlar todo. Él quiere más para nosotras. Él ofrece una realización verdadera y genuina que sólo puede venir mediante Él.
Probablemente ninguno de aquellos que ondearon ramas de palma a la entrada triunfal de Jesús esperaron Su crucifixión cinco días después. Pero Su decisión de asumir la postura última de humildad, colgado de un madero como sacrificio por nuestros pecados, marcó la diferencia para nuestra eternidad.
Puede que nuestras oraciones hoy no sean respondidas como esperamos, pero eso no significa que debamos abandonar nuestra confianza y esperanza. Yo he visto la gloria de Dios magnificada a través de la pérdida de mi esposo y la redención que Dios ha traído para mí y mis hijas en esta nueva etapa de la vida.
Amiga, anímate sabiendo que Jesús siempre extiende compasión y actúa con la gloria de Dios en mente. Éste es el regalo de salvación, la esperanza de gloria, el poder de Su resurrección.
por DORINA LAZO GILMORE-YOUNG
