No existen peticiones de oración demasiado grandes.
Recité mis oraciones diarias: «Señor, por favor protege a mis hijos… Cuida de mi hermana… Ayuda a mi marido…»
Después dije, «Ahora te tengo una petición grande». Mi siguiente oración iba a ser para una amiga que batallaba con un cáncer en estado avanzado. Dios sabía sin duda alguna que necesitábamos un milagro, así que no sé por qué pensaba que necesitaba prepararlo para la petición.
Sentí que Su respuesta fue inmediata: «Para mí, no existen peticiones de oración demasiado grandes».
Me arrepentí al instante. ¿Cuántas veces he preferido realizar peticiones de oración que parecen más factibles en lugar de oraciones «demasiado grandes»?
Quizá pienso de manera inconsciente que solamente puedo conseguir unas pocas de esas con Dios… No quiero sobrecargarlo pidiéndole demasiados favores. Mantener mis oraciones sencillas parece una opción más segura.
Pero de este modo, pongo limitaciones humanas a un Dios que es incomparable en poder.
Él creó todo lo que podemos ver (y todo lo que no vemos), solo con Sus palabras. Desde la célula más simple hasta lo intrincado de nuestros cerebros, Él diseñó y creó todo. Su poder no tiene límites. No importa cuán desesperada parezca una situación, Dios puede intervenir y hacer lo que ningún humano es capaz de hacer.
En Jeremías 32, por ejemplo, Dios hizo una promesa aparentemente imposible. Israel estaba a punto de sufrir una devastación como consecuencia de su gran desobediencia. Aún así Dios los llevaría de vuelta a Jerusalén un día (con corazones ablandados y obedientes), para que vivieran a salvo.
¿Cómo? Dios les recordó que para Él nada es imposible: ««Yo soy el SEÑOR, Dios de toda la humanidad. ¿Hay algo imposible para mí?» (Jeremías 32:27).
Siglos más tarde, un ángel también le dijo a la joven virgen María (recién embarazada de Jesús), que «¡Para Dios no hay nada imposible!»» (Lucas 1:37, RVC).
Y hoy Dios nos dice lo mismo…a ti y a mí.
¿Por qué comparamos el poder de Dios con el nuestro o por qué nos preocupa molestarlo con oraciones «demasiado grandes»? ¿Por qué aceptamos tantas situaciones sin orar por un cambio?
Para mí resulta más cómodo orar por lo que puedo resolver. A escondidas temo que Dios pueda negarme la petición o quedarse callado. Además, tengo miedo de parecer exigente. Estos miedos complejos limitan mis oraciones.
Cómo debe afligir el corazón de Dios esto. ¿Cuánto más querría hacer Él en mi vida, si Lo invitara?
Cuando construimos nuestra fe en lo que podemos hacer, veremos lo que somos capaces de hacer. ¿Pero una fe basada en lo que Dios puede hacer? Cambia nuestra vida.
No es nuestra responsabilidad cómo Dios decide responder a nuestras peticiones. Pero eso no debería impedirnos de seguir pidiendo.
¿Tú también estás cansada de ir a lo seguro? Es hora de dejar atrás nuestros miedos, eliminar las limitaciones que hemos puesto a Dios e invitarlo a cada situación. Porque entonces veremos el poder de Dios, no el nuestro.
