La relación entre la fe y la ansiedad.
Supe que mi ansiedad se estaba convirtiendo en un problema cuando empecé a analizar todo de manera excesiva.
Me preocupaba lo que la gente pensaría de mi forma de criar a mis hijos cuando mi hijo hacía una rabieta en el supermercado.
Repasaba en mi mente conversaciones con otras personas para ver si había expresado las cosas con precisión o si me había equivocado al hablar.
Me angustiaba por los errores más pequeños de la vida.
Además, también tenía síntomas físicos; luchaba constantemente contra la tensión en el estómago y una sensación de pánico en el pecho. Evitar los conflictos comenzó a dominar mis relaciones e incluso llegué a cuestionar la fuerza de mi fe.
A menudo me preguntaba, ¿En qué me estoy equivocando? ¿Necesito más fe? ¿No confío lo suficiente en Dios? ¿Debería orar más? Y aunque estaba dispuesta a hacerme estas preguntas, sentía la necesidad de arreglar mi ansiedad antes de acercarme a Dios, pensando que mi ansiedad me impedía tener una fe sólida. En última instancia, creía que la fe y la ansiedad competían entre sí y que tenía que superar la ansiedad antes de poder sentirme cerca de Dios de nuevo.
La ansiedad y la fe pueden sentirse como dos compañeras que comparten el mismo apartamento, pero nunca comparten una comida. Se cruzan como si una sola palabra entre ellas pudiera desencadenar una discusión, por lo que permanecen en silencio y distantes.
Pero Dios no quiere que separemos nuestra fe de nuestra ansiedad. Jamás nos pide que dejemos nuestros problemas en la puerta del santuario. Al contrario, nos pide que se los llevemos, que hablemos con Él al respecto y que los superemos con Su guia. En lugar de alejar la ansiedad, Dios nos acoge en Su presencia con todos nuestros pensamientos y sentimientos confusos, angustiados y abrumadores.
El apóstol Pedro, que conoció íntimamente a Jesús, nos anima a «[Depositar] en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes» (1 Pedro 5:7).
Dios no solo quiere que entremos en Su presencia con nuestras ansiedades y nos acerquemos a Él, sino que también quiere que depositemos nuestras ansiedades en Él. Él sabe cómo manejarlas y cómo consolarnos incluso cuando nuestros pensamientos están dando vueltas. Él está con nosotras y quiere caminar con nosotras porque nos ama.
En otras palabras, tu fe puede seguir creciendo mientras trabajas en tu ansiedad. Al depositar tus preocupaciones en Jesús, Él las recibe con facilidad y extiende Su brazo hacia ti, no para devolverte tus problemas, sino para tomar tu mano.
por MELISSA FISHER, LMHC
