Dios puede multiplicar tus minutos.
No es suficiente… cerré mi Biblia con un suspiro, apresurada para atender a mi bebé en llanto.
No es suficiente… De repente tuve que parar de escribir en mi diario para atender al niño que estaba parado frente a mí.
No es suficiente.
Me desplomé en la cama al final de la noche, con los párpados cada vez más pesados, mientras intentaba leer algunos versículos de la Biblia. La culpa se entrelazó en mi subconsciente mientras me quedaba dormida. Me había atrasado en mi plan de lectura otra vez.
Por más que lo intentaba, las exigencias sobre mi tiempo me impedían pasar tiempo a solas con Dios. Un susurro deslizante en mis oídos decía, «Dios debe estar tan decepcionado de ti».
Yo misma lo creía. Y la vergüenza poco a poco me impedía siquiera intentarlo.
¿Qué sentido tiene? Si de todos modos seré interrumpida. Algún día los chicos serán adultos, habrá paz en la casa y yo al fin podré volver a tener tiempo a solas con Dios todos los días. Entonces le dedicaré a Dios el tiempo que se merece.
Fue en esa temporada de maternidad temprana en la que Dios me enseñó acerca de la ofrenda de la viuda.
Una vez Jesús se paró ante el arca de la ofrenda y observando la procesión. Quizás vio comerciantes balanceando bolsas con plata, padres forzando monedas en las palmas de sus niños o parejas entregando su primera contribución conjunta. Sabemos que se fijó en una pobre viuda que «echó dos moneditas de muy poco valor» (Marcos 12:42, NVI).
Marcos no mide sus palabras; esta ofrenda parecía insignificante. Pero Jesús la observó detenidamente. Esta viuda que pasó desapercibida entre los adoradores ocupados, insignificante para todos los que la rodeaban, llamó Su atención:
Jesús llamó a sus discípulos y dijo: «Les aseguro que esta viuda pobre ha echado en el tesoro más que todos los demás. Porque todos ellos dieron de lo que les sobraba; pero ella, de su pobreza, echó todo lo que tenía, todo su sustento» (Marcos 12:43-44, NVI).
De lo poco que tenía, ella lo entregó todo, y fue más que suficiente. Porque en la economía del Reino de Dios, la devoción sincera es un multiplicador espiritual.
Tal vez tu temporada incluya niños pequeños, padres mayores, un matrimonio roto, una enfermedad crónica u otros desafíos que te tientan a «esperar hasta que la vida mejore». ¿Pero qué pasaría si, como la viuda, tú y yo le ofreciéramos a Dios nuestros pequeños fragmentos de tiempo con corazones alegres?
Dios se deleita en aquellos cuyos corazones están completamente entregados a Él. No busca momentos perfectos a solas con Él; busca corazones devotos.
Está bien empezar de a poco en la Palabra de Dios. Si cuentas con tan solo dos minutos, entrégaselos a Él con un corazón alegre. Dios observa el corazón detrás del hábito.
Y a medida que le ofreces a Él tus dos minutos diarios, pon atención a cómo Él también multiplicará tu tiempo en las semanas entrantes. Te proveerá oportunidades abundantes para disfrutar de Su presencia más de lo que creías posible.
Él es así de generoso.
Es más, Dios no se decepcionará con tu ofrenda pequeña; Él se deleitará con tu amor.
por ASHERITAH CIUCIU
