Cuando el miedo y la duda abren camino a un milagro.
Tenía 16 años cuando por primera vez tuve una crisis personal que desafió mis creencias. Se desarrollaron nódulos en mis cuerdas vocales y tuve que dejar de realizar las actividades relacionadas con el canto que tanto amaba. Éstas (actividades) eran más que diversión para mi; eran las semillas de un sueño secreto de trabajar en las artes escénicas, un sueño al que me vi obligada a renunciar.
No hablé de mi crisis y de las dudas que me generó. No reconocí la mezcla de miedo y luto que la acompañó. No tenía ninguna idea de cómo procesarlas, así que no lo hice. Sabiendo lo que sé ahora, estoy convencida de que Dios me habría acogido en medio de mis preguntas y acusaciones. Pero en ese momento, las ignoré, lo que a su vez me llevó a ignorar a Dios.
En los años transcurridos desde entonces, he experimentado crisis mucho mayores y he aprendido cómo el miedo y la duda están íntimamente conectados con la fe.
Marcos 4:35-41 lo muestra al contar la historia de Jesús en un barco, donde dormía durante una tormenta mientras Sus discípulos entraban en pánico, angustiados de que Jesús soñara durante su pesadilla.
Cuando lo despertaron, Jesús respondió a su desesperación y miedo hablándole al mar, diciéndole que se calmara. Milagrosamente, obedeció.
«— ¿Por qué tienen tanto miedo? —… ¿Todavía no tienen fe?» Jesús preguntó a los discípulos (Marcos 4:40).
Siempre había asumido que estas preguntas de seguimiento eran una acusación y un tipo de regaño. Leí entre líneas y determiné que en ese momento, los discípulos fueron una gran decepción para Jesús. (Quizás esa interpretación dice más de mí que de Jesús). Pero un día, leí este versículo de otra manera.
¿Y si tomamos las palabras de Jesús al pie de la letra? ¿Será que quería que los discípulos simplemente nombraran su miedo y admitieran su falta de fe? ¿Y si Sus preguntas tuvieran como objetivo traer claridad, no condenación? Recordemos que Marcos 4:39 dice que Jesús «reprendió al viento» (NVI); no dice que reprendió a los discípulos.
¿Qué pasaría si las preguntas de Jesús tuvieran como objetivo preparar el escenario para que pudieran ver la tormenta calmada como Su milagro, no el de ellos, y recordarles que nunca estaban solos?
La presencia de Dios con nosotras en los desastres de la vida no depende de nuestra capacidad de ver con claridad, tener una teología «perfecta», generar suficiente fe ni ser fuertes ante el miedo. Dios está presente porque es Emanuel ««Dios con nosotros»» (Mateo 1:23, NVI). Dios obra milagros de todo tipo porque Él es Dios y es lo que Él hace (Salmo 77:14).
Sea cual sea la crisis, la pérdida o la ambigüedad que enfrentes, Jesús permanece en la barca contigo. Podría parecer que Él te ha abandonado, pero no lo ha hecho ni lo hará. La presencia de Dios es el milagro. Aunque tu barca se hunda hasta el fondo, Dios permanece. Y adonde quiera que el temor o la duda amenazen con arrastrarte, allí también encontrarás la bondad de Dios.
por ADRIEL BOOKER
