El costo de descuidar las pequeñas cosas.
Hace algunos años compré un organizador para joyas que tiene lugares perfectos para guardar mis aretes, pulseras y collares. Todo tiene su lugar. Todo se mantiene ordenado.
El único problema es que no lo uso.
Llego a casa después del trabajo y dejo mi collar en la base del organizador en lugar de colgarlo donde corresponde. Luego, unas mañanas después, busco ese mismo collar… y está completamente enredado con otros tres que también dejé allí.
No es algo intencional. Es descuido de lo que está justo frente a mí.
He notado que el pecado también funciona así. Hebreos 12:1 nos recuerda que debemos «[despojarnos] de todo peso y del pecado que nos asedia», porque el pecado muchas veces comienza siendo pequeño. Sutil. Algo que el mundo puede justificar fácilmente.
Comienza con un pensamiento de celos hacia una amiga que no le confieso a Jesús. Ese pensamiento poco a poco moldea la forma en que le hablo, cómo hablo de ella y cómo me veo a mí misma.
Empieza con un comentario chismoso durante el almuerzo. Y es verdad, me digo a mí misma. Pero ese comentario termina siendo destructivo tanto para otra persona como para mi propio corazón.
Comienza con un mal hábito que dejo que persista. Antes de darme cuenta, estoy agotada emocional y físicamente, adormeciendo mis sentimientos en lugar de lidiar con ellos.
Cuando ignoro a Jesús, descuido el tiempo con Él y llevo mis sentimientos y preocupaciones por mi cuenta, enredo mi vida con ansiedad, drama y pensamientos que nunca venían de Él. Realmente no hay tal cosa como «un pequeño pecado» porque cada pecado que tú y yo permitimos se convierte en otro nudo en nuestras vidas.
Es por eso que Hebreos 12:1-2 nos da una dirección clara.
1. Si es pecado, deshazte de él. No lo excuses, no lo justifiques ni lo minimices solo porque estás pasando por una temporada difícil. No entretengas lo que Jesús nos llama a soltar.
2. Fijemos nuestros ojos en Jesús. Él es «el iniciador y perfeccionador de nuestra fe» (Hebreos 12:2a, NVI). Por nosotras mismas somos imperfectas, pero Jesús cambia nuestros deseos y transforma nuestros hábitos. Todos necesitamos hablar con Jesús, leer Su Palabra, confesar nuestros pecados dentro de una comunidad cristiana que nos ayude a rendir cuentas y caminar al lado de Aquel que perfecciona nuestra fe.
3. Recuerda que el pecado no confesado nunca se queda contenido. Una vida vivida lejos de Jesús siempre terminará enredándonos silenciosamente. El pecado se extiende y afecta nuestros pensamientos, nuestras relaciones, nuestra paz y nuestro gozo. Pero la libertad comienza en el momento en que salimos a la luz.
Cuanto más espacio le damos a Jesús en nuestra vida, menos espacio queda para el pecado, el caos y los enredos. Nuestra tarea es poner nuestras preocupaciones, pruebas, heridas y tentaciones en Sus manos; entregando nuestras cargas a nuestro Dios fuerte y tomando tiempo para orar y permanecer en Su Palabra.
Jesús está justo frente a nosotras, listo para ayudarnos. ¿Iremos a Él? ¿O ignoraremos Su invitación y poco a poco nos enredaremos en cosas que Él siempre estuvo dispuesto a llevar por nosotras?
por GRACE VALENTINE
