En cambio, Él nos salvó.
Llegaron en la oscuridad. Una turba armada profanó un jardín tranquilo, persiguiendo a un hombre que oraba. Al principio, uno de los discípulos de Jesús desenvainó su espada y se defendió.
Pero Jesús lo reprendió: «¿Crees que no puedo acudir a mi Padre y al instante pondría a mi disposición más de doce batallones de ángeles? Entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras que dicen que así tiene que suceder?»» (Mateo 26:53-54, NVI).
Las palabras de Jesús justo antes de Su arresto en el jardín de Getsemaní hacen eco de una promesa que Dios le hizo a Su pueblo en el Salmo 91:11, «Porque él ordenará que sus ángeles te protejan en todos tus caminos» (NVI). Jesús no solo tenía esta promesa de Dios, sino que Jesús es Dios, por lo que Él mismo podría haber convocado a más de doce legiones de ángeles, 72 000 guerreros celestiales, para derrotar a sus enemigos y liberarlo de la cruz.
El cielo estaba listo para rescatarlo, esperando Su llamado.
Un llamado que nunca realizó.
A medida que se desarrollaban los acontecimientos sagrados, pero salvajes, del Viernes Santo, qué tentador debió ser para Jesús convocar a esos ángeles. Para tomar una salida.
Cuando la multitud arrastró a Jesús al juicio, podría haberse marchado de ahí.
Cuando los testigos engañosos lanzaron acusaciones falsas, no tenía porqué soportar los abusos.
Cuando los soldados lo despojaron, no tenía porqué soportar la humillación.
Cuando lo azotaron, no tenía porqué soportar sus golpes.
Cuando le clavaron clavos en el cuerpo, pudo haber detenido el dolor.
Cuando Jesús miró hacia abajo desde la cruz, luchando por respirar, y vio las lágrimas de Su madre a través de las suyas, podría haber aliviado el dolor de ella.
Mientras tanto, la multitud se burlaba y lo desafiaba, «Si eres el Hijo de Dios, ¡baja de la cruz!» (Mateo 27:40b, NVI). Quizás este fue el último y desesperado intento de Satanás por frustrar el plan de salvación de Dios, y lograr que Jesús se rindiera.
Y Dios lo observó todo. Cuando Su Hijo clamó, ¿se volvió el Padre hacia Sus tropas angelicales, con la orden en la boca? Él pudo haber enviado a los ángeles. Pudo haber tomado a Jesús en Sus brazos. Pudo haber enjuagado la sangre y las lágrimas. Pero Dios contuvo el rescate.
A medida que pasaban las horas, cada momento una agonía, en cualquier momento Jesús podría haber dicho, Basta. Podría haber susurrado la oración, Sálvame.
En cambio, Él nos salvó.
Porque no podríamos ser salvos sin el precioso derramamiento de Su sangre sin pecado. La cruz era y es la única manera de reconciliarnos con Dios. La única manera de limpiarnos de todo lo que nos persigue, nos condena. Todos nuestros pecados y nuestra vergüenza.
por ELIZABETH LAING THOMPSON
