Dios no tiene prisa contigo.
La paciencia y la vida cotidiana pueden parecer tan incompatibles como el agua y el aceite. Bien sea que esté esperando en una fila lenta para pagar, atrapada en el tráfico o pidiéndole a uno de mis hijos por enésima vez que haga algo que olvidó, la impaciencia parece surgir fácilmente.
La impaciencia a menudo revela más sobre mi corazón que sobre mis circunstancias. Cuando las cosas no salen como yo quiero, los planes tardan más de lo que esperaba o la vida interrumpe mi agenda tan cuidadosamente planificada, la frustración se desborda. En el fondo, la impaciencia suele tener que ver conmigo… mi comodidad, mi calendario, mis expectativas.
Pero Dios me llama a algo diferente. Con el Espíritu de Dios vivo en mí, Él cultiva el fruto de la paciencia (Gálatas 5:22). Me da la capacidad de reducir la velocidad, esperar y confiar en Su tiempo.
¿Por qué? Porque así es como Dios siempre se ha relacionado conmigo.
La Biblia lo describe como «paciente para con [la gente], no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9b, NBLA). Dios fue paciente para guiarme hacia Él, y sigue siendo paciente conmigo mientras crezco en Él.
Así es el amor verdadero. Como escribió el apóstol Pablo: «El amor es paciente» (1 Corintios 13:4a). El amor de Dios toma su tiempo. Espera. No apresura el proceso. Su amor no es agresivo; es paciente y persistente.
Si Dios no tiene prisa conmigo, entonces yo tampoco tengo que vivir con prisa constante. Puedo descansar sabiendo que Él está obrando, incluso cuando la vida se siente lenta o desordenada. Su paciencia me da espacio para crecer y también me da un modelo de cómo extender la paciencia a las personas que me rodean.
Así que hoy, cuando surja la impaciencia, quiero recordar: Dios no me está apurando. Él se deleita en mí y promete que perfeccionará la obra que comenzó en mí (Filipenses 1:6). Esa verdad me libera para extender Su amor y paciencia a los demás, e incluso a mí misma.
por RUTH SCHWENK
