Para los días en que la fe se siente frágil.
¿Alguna vez has dudado profundamente de Dios? Quiero que sepas algo que yo he dudado de Él.
De hecho, hubo un tiempo en que mis dudas fueron tan profundas que casi perdí mi fe por completo.
En mi caso, esas dudas comenzaron a temprana edad. Cuando era adolescente, no podía conciliar intelectualmente las historias de la Biblia con la lógica y la razón. Seamos honestas… creemos en sucesos asombrosos, como mares que se abren, profetas que hacen descender fuego del cielo y luego tenemos a Jesús interrumpiendo funerales con resurrecciones, incluso el Suyo.
Aquellos días de incredulidad fueron muy oscuros para mí. Cuando no estás segura de que Dios es real, la vida se presenta desalentadora. ¿Y la muerte? Aún más sombría.
Mi regreso a la fe no fue ordenado. No fue un momento en la cima de la montaña ni tampoco un sólo llamado al altar. Fue un proceso lento, lleno de lágrimas y repleto de preguntas. Era como si estuviera siguiendo un pequeño destello de luz al final de un pasillo largo y oscuro. Seguí avanzando con cada paso tembloroso hasta que la luz se volvió lo suficientemente fuerte como para volver a ver con claridad. ¿Esa luz? La Palabra de Dios.
Hoy, esa luz brilla intensamente. Mi fe es fuerte. Sin embargo, aún tengo momentos en que las preguntas vuelven a aparecer. Y cuando eso sucede, recuerdo que tener fe no significa fingir una sonrisa ni esconder las dudas. La fe significa confiar en que Dios sigue siendo bueno en el valle, incluso cuando el valle no tiene sentido.
Un salmista lo dijo así una vez: «Aun si voy por valles tenebrosos, no temeré ningún mal porque tú estás a mi lado; tu vara y tu bastón me reconfortan» (Salmo 23:4).
Todas tenemos lo que suelo llamar «preguntas del valle», como por ejemplo:
Dios, ¿dónde te encuentras en esta lucha?
¿Por qué está tomando tanto tiempo?
¿Por qué parece que mis oraciones no están siendo respondidas?
¿Cómo lo superaré?
¿Por qué se siente tan lejana la sanidad?
He aprendido que la fe no es fingir que todo está bien. La fe es confiar en que, cuando las cosas no están bien, Dios sigue contigo.
¿Puedo confesarte algo? A veces tengo miedo de admitir las preguntas de mi valle. Porque los «cristianos buenos» no dudan, ¿verdad? Supuestamente debemos «simplemente tener fe». Pero seguir a Jesús no significa que no tengas preguntas, más bien sabes a quién llevarlas.
Pablo nos recuerda en Romanos 3:3-4a, «Pero entonces, si a algunos no creyeron, ¿acaso su incredulidad anula la fidelidad de Dios? ¡De ninguna manera!» (NVI). Me consuela saber que, incluso cuando mi fe se siente tan delgada como el papel, Dios sigue siendo completamente fiel.
Tus dudas pueden ser reales, pero la fidelidad de Dios es aún más real. Incluso cuando caminas por el valle más oscuro de preguntas, tu Pastor está contigo.
por JENNIFER DUKES LEE
