Señor, me siento tan agotada.
No hace mucho me quedé de pie junto al fregadero, tratando de aliviar la sensación punzante del estrés. Con tantas cosas que me agobiaban, susurré «Señor, me siento tan agotada».
Apresuraba las conversaciones con mis seres queridos. Me apresuraba al ir de un lugar a otro. Apresuraba toda mi agenda y a las personas que me acompañaban en cada actividad.
Mi vida iba a un ritmo acelerado.
Mi corazón demandaba un paso más lento, pero ¿cómo? Había tomado mis decisiones y con el tiempo, mis decisiones se apoderaron de mí; era la sombra de una mujer atrapada entre cientos de exigencias.
¿Alguna vez te has sentido así? Es muy fácil vivir con prisa, especialmente en esta época del año.
He comenzado a darme cuenta del poder de las palabras «sí» y «no». La forma en la que las uso, determina cómo organizo mi agenda. La manera en que organizo mi agenda determina cómo vivo mi vida. Mi manera de vivir determina cómo invierto mi alma.
Al contemplar mis decisiones bajo esa luz, cobra peso la importancia de elegir sabiamente. Después de todo, cuando una mujer vive con el estrés de una agenda abrumadora, sufrirá la tristeza de un alma insatisfecha, con un calendario lleno, pero sin tiempo para vivir de verdad.
Si te encuentras en un ritmo estresante, te entiendo. Gran parte de la razón por la que mi agenda se sobrecarga es por el miedo a perderme algo, o a no estar a la altura.
Con un vistazo rápido en redes sociales y pareciera que todas pueden vivir a un ritmo demoledor con una sonrisa. Sus metas empresariales parecen más importantes que las mías. Sus hogares están más ordenados y sus decoraciones festivas son increíbles. Sus hijos viven en armonía. Incluso encuentran tiempo para preparar cenas con verduras de su huerto. ¿Cómo?
Pero entonces, recuerdo el momento preciso en que Dios pronunció estas palabras sobre Jesús durante Su bautismo en Mateo 3:17: ««Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él»».
Jesús aún no había realizado milagros en la tierra, guiado a multitudes ni había ido a la cruz. Sin embargo, Dios ya estaba complacido con Jesús, desde antes de todos esos logros. El Padre honró la identidad de Jesús, antes de que Él iniciara Sus actividades. Jesús escuchó a Dios, creyó en Dios y permaneció en un estado de calma, sin prisa.
En Cristo, Dios nos ha dado una nueva identidad (Romanos 6:4). Pero, a diferencia de Cristo, nosotras nos olvidamos. Llenamos nuestros días de tantas actividades que la única forma de no quedarnos atrás es apresurarnos. Pero, ¿y si no «quedarnos atrás» significa perseguir el deseo equivocado?
¿De verdad quiero que mi vida se parezca más a la de las demás? ¿O quiero que se parezca más a la imagen que Dios tiene de lo que es mejor para mí?
Lo que es mejor para mí, según Dios, significa interactuar en la vida y con las personas en ella. Significa notar las invitaciones divinas y sentir la libertad de dar mi mejor «sí» a las tareas que Él me asigna.
Si realmente deseo una vida sin prisas, debo alivianar mi agenda para que Dios tenga espacio para desbordar mi alma.
Hoy, sostengámonos en la realidad de nuestra identidad antes de retomar nuestras actividades. Aférrate a esta verdad: Dios te llama Su hija, a quién ama y con quien está complacido.
Él está complacido por quién eres, no por lo que haces. Complacido por un amor incondicional e inconmensurable que nos ha otorgado, y que no podríamos ganar.
