Paz en la tormenta.
Soy mamá de dos niños que se llevan apenas un año y medio de diferencia. Todavía recuerdo aquellos días en los que ambos usaban pañales y hacían berrinches… muchas veces al mismo tiempo. Nunca imaginé que dos seres tan pequeños pudieran ser tan ruidosos.
Esos primeros años fueron tan agobiantes. Mientras apenas salía de la niebla del posparto, rodeada de piecitos y ruido constante, me obsesioné con la paz… porque se sentía inalcanzable.
Un domingo escuché a un pastor predicar sobre Isaías 32:18: «Mi pueblo habitará en un lugar de paz, en moradas seguras, en serenos lugares de reposo». Eso sonaba como el cielo para mí… ¿paz, tranquilidad, descanso? ¡Sí, por favor!
Le pedí a mi esposo que hiciera un letrero con ese versículo y lo colgué en la puerta de entrada. Pensé, ahora sí… la paz llenará este lugar. Nuestro hogar se convertirá en un oasis en un mundo incierto.
Eso no sucedió. Al contrario, en nuestra casa se sentía todo menos la tranquilidad.
El mundo exterior tampoco parecía pacífico. División política, desastres naturales, indignación en las redes sociales … Si todo a mi alrededor era un caos, ¿dónde encontraría la paz? ¿Y cómo podía confiar en un Dios que aparentemente había incumplido en Su promesa de paz?
Apuesto a que has orado para que tus circunstancias cambien, para que finalmente puedas tener un poco de paz. Sé que lo he hecho yo. Pero luego pienso en Jesús. ¿Cómo encontró paz en el huerto de Getsemaní? ¿De camino a la cruz? ¿Mientras llevaba el peso del pecado mismo?
Tal vez la paz no se encuentra en nuestras circunstancias.
A través de la cruz, Jesús hizo la paz entre Dios y nosotros, lo que también hace posible la paz con los demás. Pero la paz no es solo algo que recibimos de Él; la búsqueda de la paz es también una decisión diaria, intencional. Como seguidores de Cristo, el Espíritu nos capacita para modelar nuestra vida a la imagen de Jesús, quien siempre eligió la paz, incluso en medio del sufrimiento.
Un día, abrumada y derrotada, llamé a mi abuelita para escuchar su voz reconfortante. Ella dijo, «no hay una hoja que sople en el viento sin que Dios lo permita».
Mi abuela vive en paz porque sabe que Dios es bueno y que sostiene el mundo entero en Sus manos. Sé que una paz como esta proviene de años sentada a los pies del Señor, inclinando la cabeza en oración y caminando con su iglesia y su familia a través de muchas dificultades.
El mito que creemos es que la paz proviene de nuestras circunstancias. La verdad es que la paz es Jesús mismo. Podemos buscar la paz por todos lados y en los lugares equivocados, pero solo puede encontrarse verdaderamente en Él.
Cuando centramos nuestra vida en Jesús, podemos estar en paz, sin importar la tormenta que ruja a nuestro alrededor.
por KRISTEL ACEVEDO
