La espera vale la pena.
Cuando era joven y bastante intrépida, un día decidí que sería divertido ponerme de pie en la parte trasera del columpio del patio de mi casa. Sintiéndome muy segura de mí misma, subía cada vez más alto, inclinándome hacía atrás cada vez más.
Finalmente, cerré los ojos y decidí que columpiar con una sola mano sería aún mejor. ¡Era increíble, y dominaba!
Y fue entonces cuando sucedió.
En medio de la emoción, el agarre de mi mano se deslizó. En cuestión de segundos estaba de espaldas, jadeando en busca de aire, con el columpio meciéndose a escasos centímetros de mi cara. No podía gritar, moverme ni levantarme. Estaba paralizada. Estaba sola. Y sentía que iba a morir.
No sé cuánto tiempo estuve allí, lágrimas corriendo por mi cara, mirando al cielo azul arriba. Mientras mis pulmones parecían incapaces de hacer aquello para lo que fueron creados, lo único que podía hacer era esperar a que el columpio se detuviera.
Esperar una promesa también puede ser muy parecido. Esperar la llegada de la respuesta… esperar buenos resultados de exámenes… esperar buenos resultados de análisis medico… Con la respiración contenida, con las rodillas débiles y cansada por la lucha y el sufrimiento, todo lo que podemos hacer es esperar.
Sin embargo, incluso cuando la espera nos deja sin aliento, este también es un espacio sagrado. Tenemos la oportunidad de darle a Dios plena autoridad para que avive nuestras almas cansadas otra vez. A veces, las mismas cosas que nos hacen tropezar y caer también hacen que nos doblemos de rodillas en oración y elevemos nuestra fe.
Me he dado cuenta de que los dones pueden ser descubiertos en la espera. Puede purificar nuestra motivación y aclarar nuestra visión, revelando nuestras debilidades y fortalezas. ¿Creceremos en la fe o buscaremos una excusa para rendirnos?
Las palabras de las Escrituras inspiradas por Dios nos recuerdan que cuando nos vemos obligadas a esperar, podemos confiar en la fuerza sobrenatural del Señor para renovarnos día a día. Cada «aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación» (2 Corintios 4:17).
Y, amigas, no es un peso que nos hunde. Es el peso de la gloria de Dios lo que realmente nos levanta. Su majestad eclipsa todo lo que pasamos. Nuestra disposición a esperar bien producirá un «eterno peso» que hace que todo valga la pena.
por JENNY WHEELER
