Feliz es ese pueblo.
Mi madre me contó que mi primera palabra fue «feliz». La dije por primera vez cuando estaba sentada en mi silla de comer. Con mi cara cubierta por una papilla casera que ella había preparado, di una palmada y dije: «feliz».
Quizá dije «feliz» porque me gustaba el sabor de la papilla. O tal vez estaba contenta de estar allí con mi madre, disfrutando de su atención. Tal vez estaba imitando una canción que cantábamos en la pequeña iglesia hippie a la que asistíamos en el sur de California: «Feliz el pueblo cuyo Dios es el Señor«.
Tal vez signifique que estoy predispuesta al gozo: el hecho de que estas son las escenas en las que me concentro dentro de una infancia llena de pobreza, abusos y abandono. Pero más que eso, el gozo es lo que soy porque el Espíritu de Dios ha marcado mi corazón, me adorna con Su amor, y me define.
Hoy vivo en gozo. Pero llegar hasta aquí fue un camino largo y tenue. Pasé mi adolescencia intentando desesperadamente huir de mi infancia y encontrar un hogar. Cuando por fin me establecí, me casé y tuve la estabilidad y el amor que tanto había anhelado, me derrumbé. Por primera vez, no estaba luchando por mis necesidades básicas diarias. En un lugar seguro, con mi esposo cuidándome y proveyendo por mí, el trauma me abrumó. Había días en que no podía salir de casa, vestirme o levantarme de la cama.
En mi segundo año de matrimonio, toqué fondo. Sabiendo que no podía ceder más a la oscuridad, susurré: «Señor, ayuda a mi incredulidad». Era la única oración que realmente podía pronunciar. Aunque creía en Dios, no creía que yo mejoraría o que Él pudiese sanarme.
Pero Él sí lo hizo. ¡Dios es fiel para responder a las oraciones! Poco a poco, Dios me reveló cuánto me ama y cómo le pertenezco. Y en algún momento, empecé a creerle. Empecé a aceptar Su amor por mí. Su amor era tan profundo, perdonador y rejuvenecedor que quise corresponderle. Quería vivir una vida digna de Su amor, no para ganármelo sino para celebrar el regalo.
Las palabras del Salmo 144:15, reflejadas en la canción que cantaba de niña en la iglesia, se hicieron realidad para mí: «Bienaventurado el pueblo a quien así le sucede; bienaventurado el pueblo cuyo Dios es el SEÑOR».
El gozo puede seguir al sufrimiento. No debemos vivir con miedo al dolor y a las dificultades. Más bien, caminar a través del gozo y el sufrimiento nos permite ver la disparidad entre ambos.
Ahora sé que soy una mujer feliz. Hasta estoy llena de gozo porque pertenezco a Jesús. La verdadera alegría viene de conocer a Dios.
Señor, ayúdame a aceptar Tu amor. Es un don que me das gratuitamente. Ayúdame a reconocer dónde me estás llamando con gozo, llamándome a vivir una vida llena de abundancia, sabiendo que Te pertenezco. En el Nombre de Jesús, Amén.
por SHEMAIAH GONZALEZ
