Esperanza en la bondad de Dios.
Hubo un tiempo en el que alguien intercedió por mí con el Salmo 27:13 orando «que había de ver la bondad del SEÑOR En la tierra de los vivientes». No solo algún día en el paraíso. No solo una vez liberada del dolor de este mundo. Aquí. En medio del quebrantamiento que me estaba ahogando.
En ese momento, no lo podía recibir. No podía siquiera imaginarlo. Creía en la bondad de Dios … para otras personas. Para aquellos cuyas oraciones parecían recibir respuestas, cuyas vidas parecían perfectas. Pero no para mí. La ausencia de alegría se sentía como una sentencia final en mi vida, y todo lo que podía ver era dolor. La desesperanza me tenía atrapada, arraigada a la desesperación.
Ana también conocía ese tipo de dolor. Vemos en 1 Samuel 1 cuánto anhelaba tener un hijo, pero año tras año, su vientre permanecía cerrado. En su angustia, ella derramó su alma ante el Señor, con un llanto amargo, oraba calladamente. Pero Ana no se rendía. Ella creía, aún en su sufrimiento, que había de ver la bondad del Señor en la tierra de los vivientes. Y en el momento justo, Ana llegó a ver esa bondad. Ella dio a luz a Samuel, quien se convertiría en uno de los profetas mayores de Israel.
De hecho, Samuel ungió al Rey David, cuyas palabras reflejan la historia de Ana en el Salmo 27. Ella pudo haber dejado que el silencio de sus oraciones no respondidas la convencieran de que Dios la había olvidado. En cambio, se aferró a la esperanza. Y fue testigo de la bondad de Dios.
La esperanza puede parecer frágil cuando la vida se agudiza de dolor. A veces parece más seguro prepararnos para la decepción que creer que la bondad de Dios pueda ocurrir durante nuestra vida, en nuestra historia, en nuestro dolor.
Tal vez, como yo, te hayas encontrado en ese espacio gris donde la esperanza parece haber empacado sus maletas y avanzado sin ti. Sigues susurrando oraciones, o tal vez incluso las gritas, pero el cielo parece contener su aliento. Oyes que otros testifican acerca de sus oraciones respondidas y bendiciones rebosantes, y tú te preguntas silenciosamente, ¿qué pasa conmigo?
El Salmo 27:13 ofrece un salvavidas: «Hubiera yo desmayado si no hubiera creído…»
¿En qué creyó David? Que llegaría la bondad. No solo en la eternidad, sino que aquí. De este lado del cielo. Dios no ha acabado. Este capítulo no es la historia completa.
A veces no es fácil aferrarse a la esperanza. Pero incluso si te encuentras en una temporada de silencio o tristeza, que esto sea un acto de confianza, un momento de rebeldía ligera en contra de la desesperación. Atrévete a creer, incluso con las manos temblorosas, que la bondad continúa persiguiéndote. Incluso ahora. Especialmente ahora.
por TABITHA YATES
