El miedo que acompaña al dolor profundo.
Perder a un ser querido puede herirte el corazón con tanta fuerza que redefine para siempre quién eres y cómo piensas. Es lo que yo llamo un dolor profundo.
Se opone a todo lo que alguna vez hayas creído. Te preguntas cómo las promesas que ayer parecían tan reales en tu Biblia podrían hoy soportar esta tristeza enorme.
Esto es parte de lo que hace que hablar de la muerte sea tan difícil. La mera mención puede provocar un dolor tremendo.
Recuerdo estar de pie junto a un ataúd tan pequeño que me negaba a aceptarlo. Rosas rosadas lo cubrían todo. Se me rompió el corazón. Todavía hay ciertas fechas en el calendario que pueden desencadenar un torrente de preguntas y dolor en torno a la pérdida trágica de mi hermanita. Imagino que tú también tienes días así.
Y el duelo no es solo difícil sino que también puede provocar mucho miedo. Miedo a la muerte de otros. Miedo a nuestra propia muerte. Miedo a cómo podría ser para uno el proceso de morir.
Qué agradecida estoy de que las Escrituras contengan verdades poderosas que podemos recordar cuando el miedo a morir intenta impedirnos vivir de verdad. Podemos sentir miedo… pero no tenemos que vivir con miedo.
Las Escrituras nos enseñan que la paga del pecado es muerte, pero Jesús vino a pagar ese precio por nosotras. Hebreos 2:17 dice específicamente Él que vino «para hacer propiciación por los pecados del pueblo» (NBLA). La palabra griega para «propiciación», hilaskomai, significa tanto «hacer expiación» como «mostrar misericordia».
Me encanta cómo lo vemos en Hebreos 2:14-15: «Así que, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, también Jesús participó de lo mismo, para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida» (NBLA).
Estas palabras se sienten muy personales.
¡Qué gracia y bondad!, que Jesús haya venido a liberarnos tanto del poder de la muerte como del temor a ella. Su cuerpo resucitado nos permite declarar: «¿DÓNDE ESTÁ, OH MUERTE, TU VICTORIA? ¿DÓNDE, OH SEPULCRO, TU AGUIJÓN?»» (1 Corintios 15:55).
Esto no significa que nuestros corazones nunca experimentarán dolor profundo ni sentirán el dolor de la pérdida en este lado de la eternidad. Incluso si le quitas el veneno a un escorpión letal, su picadura aún duele. Pero ya no tiene el poder de acabar con tu vida. Esto es lo que Jesús ha hecho: ha quitado el aguijón de la muerte. Nos ha dado la victoria (1 Corintios 15:57).
La muerte no es el fin. Para quienes creemos en Jesucristo como Señor de nuestras vidas, la muerte es solo un pasaje en el tiempo designado por Dios para que finalmente escapemos de este mundo roto y seamos bienvenidas al hogar que hemos anhelado toda nuestra vida (Apocalipsis 21:4).
Sé lo increíblemente difícil que puede ser todo esto. Pero aferrémonos a la certeza dulce de que Jesús ya nos precedió. No tenemos por qué tener miedo.
Y si en este momento estás lidiando con el dolor punzante de duelo profundo, lo siento mucho, querida. La realidad del duelo profundo es que lleva tiempo. Requiere oración. Requiere atravesar un océano de lágrimas para un día descubrir que el sol sigue brillando.
Ten paciencia en el camino y aférrate a la certeza de que Dios está cerca. Cada una de Sus promesas es verdadera.
Padre Dios, la muerte parece una de las peores cosas que sufrimos. Sin embargo, tu Palabra nos recuerda con ternura que Jesús experimentó la muerte voluntariamente para que pudiéramos tener vida eterna.
por LYSA TERKEURST
