¿Cómo aferrarse a Dios cuando la vida se viene abajo?
Al pasar por el jardín familiar en mi caminata, mis pasos se hacen más lentos y admiro el césped perfectamente cuidado. Me encantan las flores impecables, el muro cubierto de enredaderas y el roble majestuoso en el centro.
Sin embargo, hoy no es el árbol lo que capta mi atención. Es la cuerda deshilachada que cuelga de una rama entre la tierra y el cielo. Mientras observo la cuerda desgastada mecerse con la brisa suave, veo la imagen de una oración.
La oración siempre ha sido una de mis formas favoritas de conectar con Dios. Me encanta garabatear oraciones en mi diario cada mañana y continuar mi conversación con Dios durante mi día. Pero me encontraba en una temporada de confusión y duelo, y la oración tal como la conocía dejó de funcionar. Mis conversaciones con Dios pasaron de conversaciones interminables a lágrimas desagradables, de súplicas sinceras a un silencio incómodo.
Me sentía consternada por mis circunstancias y desconcertada por los planes de Dios. Y, tristemente, cuando más lo necesitaba, me costó mucho conectarme con Aquel que mejor me conoce.
Dame una nueva forma de orar, Señor, le rogué una mañana. Luego abrí mi Biblia, y un solo versículo conmovió mi corazón: «Mi alma se aferra a ti; tu mano derecha me sostiene» (Salmo 63:8).
David no pronunció esas palabras desde la comodidad de un palacio; las pronunció desde los confines del desierto. Saúl, el rey al que juró servir, se había convertido en su enemigo, y su pueblo buscaba la vida de David. Pero mientras la incertidumbre lo envolvía y los ejércitos lo perseguían, David se acercó a Dios con una oración ferviente.
El término hebreo para «aferrarse» en este versículo clave también significa «pegarse», mientras la metáfora antigua para «mano derecha» implica autoridad y poder máximos. Con estas palabras, David ofreció a Dios una promesa y una plegaria: me aferraré a Ti con todas mis fuerzas si Tú me sostienes con todas las Tuyas.
David buscaba la presencia de Dios aun cuando no entendía los planes de Dios, y él me inspiró a hacer lo mismo.
Repetí su oración al despertar por la mañana y al acostarme por la noche. La canté en el coche y la grité en el bosque. La garabateé en mi diario y la pegué en la nevera. Me aferro a Ti; tu mano derecha me sostiene.
Esa declaración tenaz se extendía entre Dios y yo como una cuerda resistente, y día a día me iba entrelazando con Su fidelidad.
En una temporada cuando mis palabras eran pocas y mi dolor era profundo, descubrí esta tierna verdad… a veces la oración es una forma de elevar la voz y, a veces es una forma de aferrarse. Pero la oración es siempre un vínculo confiable que une nuestros corazones al Amor de quien no nos soltará.
por ALICIA BRUXVOORT
