Cada lágrima recordada.
¿Alguna vez has tenido que abandonar un carrito de compra en medio de Target? Yo sí. En las primeras semanas dolorosas, tras la pérdida de mi hijo River, los lugares cotidianos me resultaban reconfortantes e insoportables a la vez. Recorría los pasillos, fingiendo que estaba bien, pero me destrozaba al ver su merienda favorita o a un niño con cabello rojo y ojos marrones. Dejaba mi carrito y me iba.
Me esforcé mucho para volver a ser «normal», pero la vida no era normal. El duelo interrumpe los planes, reordena los días y acecha en cada rincón. No se adapta a ningún molde ni sigue un cronograma. Es caótico e impredecible. Finalmente tuve que aprender que las cosas realmente difíciles requieren tiempo y que la sanidad no proviene de intentar regresar al pasado, sino de buscar a Dios en la realidad del momento.
Tras el fallecimiento de nuestro hijo, nuestro mundo se hizo añicos. Mis otros hijos también sufrían, y la presión de ser la «buena madre» en medio de mi propio dolor fue el papel más difícil que jamás haya desempeñado. Extrañaba nuestra vida anterior, el ruido, el desorden, la felicidad. Extrañaba a los coches de juguetes de River alineados en el suelo, su vocecita graciosa, los mimos matutinos con leche chocolateada y su pelo alborotado, de recién levantado, erizado en todas direcciones.
Para mí, el duelo nunca se desarrolló por etapas lineales. Zigzagueó entre la culpa, la ira y la tristeza, sorprendiéndome desprevenida en los momentos más inoportunos. No tenía palabras para describir lo que sentía. Solo era una madre con los ojos hinchados, intentando llegar al final del pasillo o al final del día.
Mirando hacia atrás, ahora puedo ver una verdad que antes no podía ver: ninguna de esas lágrimas fue en vano.
La Palabra de Dios promete que Él ha «tomado en cuenta mi vida errante; [puesto] mis lágrimas en [Su] frasco» (Salmo 56:8a).
Cada lágrima importaba. Qué consuelo me daba ser vista y recordada por el Dios que lleva la cuenta de nuestras angustias. Lo que parecía irreparable ya estaba siendo recogido por Aquel que sana a los quebrantados de corazón.
Me esforcé muchísimo por volver a sentirme yo misma, por estar presente y funcionar. Pero los recuerdos, el ciclo vicioso del trauma, a menudo asaltaban mis pensamientos, y mi dolor parecía resonar con más fuerza en medio de la alegría de otros.
Si te encuentras en una situación donde el simple hecho de levantarte de la cama se siente como una victoria, anímate. Lo estás logrando y tienes permiso para ir a tu propio ritmo. Ten la misma paciencia y comprensión contigo misma que Dios te ofrece.
La sanidad no es una carrera hacia la meta; es un suave proceso de transformación mientras somos sostenidas por las manos de un Dios fiel hasta que finalmente se enjuga cada lágrima.
por AMBER EMILY SMITH
