¿Estás dándole a Dios la oportunidad de hacerse presente?
Hace poco, vi a una madre luchando con su hijo pequeño con necesidades especiales, y al instante reconocí el pánico en su rostro. Me hizo recordar las incontables veces con mi hijo autista: diligencias, cita de juegos, eventos escolares que terminaban en desastre, dejando otra capa de desesperanza en mi alma.
En esos primeros años, saqué conclusiones desalentadoras sobre el futuro de mi hijo… y ¡ninguna de las cuales se ha cumplido! Pero basándome en lo que veía externamente, predefiní cómo pensaba que sería su vida: mala, difícil, aún más difícil, horrible, tal vez tolerable algún día.
Un poco dramático, lo sé. Pero, ¿no es eso lo que nos hace el dolor?
Tal vez tus relaciones, tus planes o tus sueños tampoco están resultando como esperabas. Pensabas en escenarios distintos que no sucedieron como imaginaste. Te sientes atrapada en la angustia. Incluso puede que te hayas convencido de que las cosas buenas simplemente te evadieron por completo.
Nuestro enemigo, Satanás, nos tienta a ver el futuro a través de un filtro falso de desánimo. Recordé esto mientras leía el libro de Rut.
Tanto Rut como su suegra, Noemí, habían perdido a sus maridos y por lo tanto, en su cultura del Antiguo Cercano Oriente, su seguridad. Desesperadas y solas, se aferraron la una a la otra mientras regresaban al pueblo natal de Noemí, Belén, donde ella declaró:
Me fui con las manos llenas, pero el SEÑOR me ha hecho volver sin nada. ¿Por qué me llaman Noemí si me ha afligido el SEÑOR, si me ha hecho desdichada el Todopoderoso? (Rut 1:21).
Me impresionó el leer sus palabras. ¿Cuántas veces he pensado lo mismo cuando mis circunstancias se veían desalentadoras? ¿Y tú? Al igual que Noemí, servimos al Dios de la redención, pero a menudo actuamos como si Su redención estuviera fuera de nuestro alcance.
Como Noemí, etiquetamos nuestras vidas como «vacías» o «afligidas» cuando en realidad, al menos en algunos casos, tal vez simplemente no le hemos dado a Dios la oportunidad de hacerse presente y obrar en nuestra fragilidad.
Finalmente, Dios escribió redención por completo en las historias de Rut y Noemí. Orquestó el matrimonio de Rut y Booz y los bendijo con un hijo. Y Noemí pudo abrazar y amar a ese niño, quien también se convertiría en el abuelo del futuro rey David, ¡un antepasado de Jesús!
La ruina y la calamidad no eran todo lo que le esperaba a Noemí, y tampoco es todo lo que te espera a ti, querida amiga. En lugar de sacar conclusiones erróneas sobre las acciones de Dios, esperemos con paciencia y démosle mucho espacio para obrar. Cuando la duda nos tiente, podemos cultivar la confianza repitiendo esta verdad:
Dios es un Redentor que está obrando mi redención en Su tiempo y a Su manera.
¡Confiemos en Dios lo suficiente como para permitirle obrar como solo Él puede!
por MEREDITH HOUSTON CARR
