La contemplación como disciplina spiritual.
Estaba sentado en el medio de un establo amish observando cómo un muchachito de 12 años enganchaba un carruaje al caballo. Él no tenía apuro. Cada movimiento: abrocharle las riendas, ajustarle el arnés, darle palmaditas en el cuello al caballo; todo parecía tener un propósito.
Y en vez de desplazarme en el teléfono o revisar una notificación, tan solo observé, muy atentamente.
Era la primera vez en años que me encontraba contemplando algo. No solamente lo miré, sino que permanecí allí, absorbiendo la maravilla de un momento que normalmente lo hubiera pasado por alto. Había algo sagrado al respecto.
Contemplar. Ya no utilizamos tanto esa palabra. Se siente antigua, poética… sagrada. El acto de contemplar se ha vuelto extraño en nuestro mundo de las multitareas y deslizamiento de pantallas.
En Lucas 1, cuando el ángel Gabriel se le aparece a Zacarías, no le dijo, «observa esto». Le dijo algo mucho más intencional: «He aquí».
Respondió el ángel y le dijo: —Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte estas buenas nuevas. He aquí, quedarás mudo e incapaz de hablar hasta el día en que se realice esto, por cuanto no has creído a mis palabras las cuales se cumplirán a su debido tiempo. (Lucas 1:19-20, RVA-2015).
«He aquí» es una frase que nos invita a contemplar; a no solo ver algo, sino que también a permanecer quietos con admiración. He llegado a creer que la contemplación es una disciplina espiritual, la cual hemos olvidado.
Es más fácil que nunca pasar por alto lo que Dios está haciendo porque somos entrenados a vivir superficialmente. Le echamos un vistazo a los titulares, nos desplazamos por las pantallas a través de los amaneceres y realizamos múltiples tareas durante conversaciones. Pero la contemplación nos hace frenar. Nos llama a permanecer quietos en un momento el tiempo suficiente como para dejarlo hablar.
Con la contemplación podemos empezar a percibir otra vez, no solo lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, sino que también lo que Dios está haciendo dentro de nosotros.
Cuando regresé a casa luego de pasar siete semanas sin pantallas con los amish, no quería perder ese sentido de ver lo sagrado. Entonces comencé a practicar el contemplar cada mañana durante 60 segundos. Yo bebo de a sorbos mi café en el pórtico delantero, respiro y pregunto, ¿Qué deseas que contemple hoy, Dios?
A veces es la manera en que cae la luz sobre el ladrillo. A veces es el cansancio percibido en los ojos de mi esposa o la risa de mi hijo que hace eco en la cocina. Y a veces suele ser sencillamente el silencio que canturrea con la presencia de Dios.
Creo que la contemplación es la manera de empezar a enamorarnos de la vida que Dios nos dio, no la vida que llevamos en línea, sino aquella para la que fuimos destinados a vivir con admiración.
Hoy, tómate un minuto. Deja el teléfono. Ponte a observar tu alrededor de verdad. Permite que el ritmo del mundo disminuya. Y simplemente contempla.
