El regalo de envejecer.
Tú y yo no tenemos una inclinación natural a contar nuestros días. Contamos con entusiasmo muchas cosas… pasos, calorías, gramos de proteína, años que nos quedan hasta la jubilación. Pero ¿con qué frecuencia nos detenemos a considerar el peso y el valor de un solo día o su contribución a una vida bien vivida? Cuando se trata de envejecer, somos malas para contar.
Tampoco ayuda que el mundo que nos rodea esté decidido a distraernos del paso del tiempo. En lugar de ver el envejecimiento como un regalo que debemos recibir con gratitud, lo vemos como una enfermedad contra la cual hay que luchar a toda costa. Lo vemos como un adversario al que hay que vencer con astucia, en lugar de verlo como un maestro al que debemos acoger.
Pero la Biblia nos dice que, aunque envejecer ciertamente es duro para nuestras articulaciones y nuestro orgullo, en realidad es bueno para nuestro alma.
Enséñanos a contar de tal modo nuestros días, Que traigamos al corazón sabiduría (Salmo 90:12).
En este salmo, Moisés no le pidió a Dios más días de vigor juvenil ni de atractivo físico. Pidió que se le enseñara a considerar correctamente los días que se le habían dado y a adquirir sabiduría a través de ese proceso. Contar nuestros días significa reconocer que son tanto finitos como llenos de propósito, regalados por un Dios soberano que existe sin estar limitado por el tiempo. Significa que aprendemos a valorar mejor lo que realmente importa.
Alabado sea Dios porque Él nos promete que nuestras canas y arrugas traerán mucho más que la muerte de nuestra vanidad. Mientras nuestra capacidad para recordar nombres o encontrar las llaves comienza a disminuir, poco a poco vemos salir a la superficie nuestra capacidad para ver el mundo con mayor claridad. Las pérdidas del envejecimiento conceden la gran ganancia de la sabiduría… la capacidad de derramar una vida rica en experiencia de una manera que ayude a quienes vienen detrás de nosotras, aplicando conocimientos adquiridos con esfuerzo a los desafíos de aquellos que el Señor ha puesto bajo nuestro cuidado.
Envejecer no es un problema que debamos resolver o negar; es un proceso que debemos acoger. Pero no es fácil. Es la prueba suprema de perseverancia, una experiencia que invita a aprender a quienes son bendecidos con una larga vida.
Como ocurre con todas las pruebas de resistencia, puede producir mucho fruto, el fruto de parecernos más a Cristo. Envejecer nos concede tanto la perspectiva como las limitaciones físicas necesarias para que nuestro enfoque se desplace hacia las disciplinas internas que forman el carácter. Considéralo un discipulado en medio del declive propio de la edad, una expresión de la inmensa bondad del Señor.
No esperes a contar los días que te quedan hasta que sean pocos. Hoy es el día perfecto para evaluar cómo nuestros calendarios demuestran (o desmienten) nuestro compromiso con lo que más importa. Pídele al Señor que te enseñe a contar. Él lo hará. Puedes estar segura de ello.
por JEN WILKIN
