Las cosas se hacen como yo digo.
Vivo en un camino rural donde la gente suele conducir demasiado rápido. A menudo me encuentro deseando que apareciera un policía justo en el momento preciso para detener a los conductores imprudentes y darles el castigo que se merecen, una buena multa.
Sin embargo, eso rara vez sucede. Los que exceden la velocidad casi siempre parece que se salen con la suya.
En el versículo clave de hoy conocemos al profeta furioso, Jonás, quien, al igual que yo, quería ver a ciertos infractores de la ley recibir su merecido. No le gustó en absoluto cuando eso no sucedió. De hecho, eso «desagradó a Jonás en gran manera, y se enojó» (Jonás 4:1).
Jonás tenía preocupaciones más grandes que personas que conducen demasiado rápido. Dios lo había enviado a profetizar a Nínive, una ciudad pagana cuyos habitantes eran despiadados, violentos y crueles. Jonás debía advertir a Nínive acerca del juicio inminente de Dios.
Pero, para el disgusto de Jonás, los ninivitas escucharon la advertencia y se volvieron a Dios, quien los libró de la destrucción (Jonás 3:6-10).
¿Por qué molestó esto tanto a Jonás?
Él había decidido, con actitud de superioridad, que esas personas no merecían misericordia. Algunos estudiosos sugieren que Jonás pensaba que la misericordia divina debía reservarse únicamente para su propio pueblo, los israelitas. Cualquiera que fuera la razón, en la mente de Jonás, el Dios que perdonó a los ninivitas bárbaros estaba dejándolos salir libres de sus pecados.
En su enojo por el trato misericordioso de Dios hacia esos rebeldes desobedientes, Jonás olvidó la misericordia que Dios había tenido con él cuando él había sido rebelde y desobediente unos capítulos antes en las Escrituras. Es cierto que Nínive no merecía la generosidad de Dios, pero Jonás tampoco.
Y nosotras tampoco. ¿No es asombroso que, de todas maneras, Dios decida mostrarnos misericordia?
Qué bendición que, a pesar de nuestros pecados y fallas, Dios no abandona a Su pueblo. Jonás se enfureció contra Dios, pero el Señor no se rindió con él. Con paciencia, Dios le explicó que quería salvar a las personas de Nínive quienes «no saben distinguir entre su derecha y su izquierda…» (Jonás 4:11, NBLA). En otras palabras, estaban en oscuridad espiritual… al igual que Jonás cuando pasó tres días dentro de un gran pez, ciego en la oscuridad hasta que Dios lo rescató (Jonás 2).
Todas podemos reconocer un poco de nosotras mismas en Jonás. Pero cuando somos confrontadas con la misericordia extravagantemente generosa de Dios hacia las personas que pensamos que no la merecen, oremos al Espíritu Santo que ablande nuestro corazón. Después de todo, nosotras también hemos recibido esa generosidad extravagante de Dios.
por KATRINA ROLEN
