Para los días cuando la ansiedad te deja sin aliento.
Me cuesta respirar. Hoy es uno de esos días en que la ansiedad quiere dominarme.
Mi amiga leal me dijo hace poco, «Eres valiente». Me reí a carcajadas. Valiente es lo último que siento. Siento miedo. Ansiedad.
El mundo se encuentra sumido en conflictos y guerras. Mi propia vida se ve afectada por las prolongadas batallas legales del divorcio y la ansiedad por los problemas de salud de un nieto. ¡Cómo anhelo entregar mis preocupaciones a un Señor que profesa Su voluntad de liberarme de ellas, pero mis manos se aferran obstinadamente a ellas!
Al mirar las letras rojas del Nuevo Testamento, imagino a Jesús resucitado de pie junto a mí, en carne y hueso, como lo hizo con los discípulos que dudaban. ¿Acaso Sus manos cubrirían mi cabeza como un dosel, protegiéndome de mis fantasías desbordantes, o simplemente descansaría una de Sus manos sobre mi hombro, recordándome suavemente que Él será el yugo para mis cargas?
Recuerdo un versículo que memoricé de niña. «Depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes» (1 Pedro 5:7).
Esa verdad es tan sencilla y clara. ¿Por qué tengo que recordármelo continuamente? Quizás porque en mi mente, mi valor y el cuidado de Dios están inextricablemente ligados. Si me siento inútil, ¿cómo podría importarme a Él?
Consideremos la siguiente analogía: mi hijo mayor jugó béisbol profesional durante dos temporadas. Durante su carrera deportiva universitaria y posteriormente durante el draft de las Grandes Ligas de Béisbol, aprendí cómo los equipos valoraban a sus jugadores. Si a un jugador se le otorgaba un contrato multimillonario, la directiva cuidaba con paciencia y dedicación a ese jugador. Mientras que a aquellos menos valiosos no le daban tanta importancia.
Tenía sentido. Mi hijo me dijo, «Mamá, si tuvieras un vestido que te costó 2000 dólares y otro que te costó 100, ¿cuál cuidarías mejor?».
En resumen, la atención que recibía el jugador, dependía de su valor.
Por eso, cuando siento ansiedad y preocupación, debo recordar el inmenso valor que Dios me ha otorgado. Su cuidado es equivalente a mi valor y mi valor es equivalente al precio que Él pagó por mí. El precio fue Su único Hijo, Jesús, que murió en la cruz por mis pecados y resucitó para traerme la salvación.
Esa es Su inversión en mí y Su aprobación de mí … una aprobación que no se basa en mi comportamiento, sino en mi identidad en Cristo.
Regreso a la identidad que el Creador me da. Aquella que me permite enderezar mis hombros encorvados y erguirme con mi distinción renovada. Si comprendo mi valor infinito, comprendo el cuidado infinito de Dios.
Lleno mis pulmones con este aire enrarecido. Soy digna. A Él sí le importo.
Puedo respirar de nuevo.
por CAROLE HOLIDAY
