El poder de los humildes.
Cuando tenía ocho años, sabía que no era una persona humilde. No tenía ningún problema en defenderme frente a mi hermana mayor. También sabía que era mandona y que, de vez en cuando, merecía los regaños de mis padres.
Durante ese tiempo, recibí una tarjeta rosada y floreada en la escuela dominical, que tenía impresas las Bienaventuranzas, una lista de bendiciones que Jesús compartió en el Sermón del Monte. Cuando le conté a mi mamá lo hermosa que me parecía, ella muy sabiamente, y sospecho que con esperanza también colocó la tarjeta en una repisa a mi altura, para que yo pudiera leerla constantemente.
Y lo hice, pero siempre me atascaba en Mateo 5:5: «»Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra».
Recuerdo que me preguntaba si Dios me daría un permiso divino para pasar por alto esa cualidad… ya que Él es Quién me creó para ser la persona que soy, una que carece de humildad.
Muchos años después, mientras me preparaba para enseñar sobre el Sermón del Monte, busqué la definición bíblica de la palabra griega para «humilde» y descubrí que también significa «fuerza bajo control».
Se encendió una luz en mi mente.
Había estado viendo la humildad desde una perspectiva humana, imaginando a una persona que se mantenía al margen de la acción, sin capacidad de ser asertiva o sintiéndose incómoda al expresar su opinión. Sin embargo, al verla desde la perspectiva de una fuerza bajo control, comencé a ver esta Bienaventuranza con otros ojos.
Los humildes que son bendecidos en nuestro versículo clave son aquellos que deciden ser humildes. Aquellas personas con opiniones y temperamentos fuertes pueden elegir tener autocontrol cuando Dios se los pide. El versículo no se enfoca tanto en el poder de nuestra personalidad, sino en la bendición de la obediencia.
Al usar autocontrol, podríamos ceder en las conversaciones, permitiendo que otros tengan espacio para expresar sus opiniones. Aunque quizás nos gustaría ir en el asiento del conductor, podemos tomar el del pasajero cuando Dios nos impulsa a hacerlo. Cuando aprendemos a controlar nuestra personalidad para mostrar nuestro amor a otros, nos volvemos humildes de una forma que complace a Dios.
Esa tarjeta floreada fue el inicio de una lección de vida. Observé que Dios creó todos los temperamentos, y que Él puede pedirnos que le rindamos partes de nuestras personalidades en ciertos momentos de nuestras vidas. Hay momentos en los que, según Su propósito, alienta a los silenciosos a ser audaces y valientes. También hay momentos en los que les insta a los ruidosos a que susurren con autocontrol.
Esa niña mandona creció, y ahora entiendo que no es la personalidad la que dicta las bendiciones que Jesús promete. Esas bendiciones provienen de nuestra obediencia a Dios y de Su gracia amorosa hacia nosotras.
por BEATTA SCHULTZ
