Mejor que un cuento de hadas.
Cuando creces sobreviviendo a duras penas, dejas de soñar y de tener esperanzas. Pero el Dios que yo creía como algo imaginario había empezado a escribir una historia de rescate que jamás había previsto, una que se inició con una caja de zapatos y que terminó con un amor que nunca pensé que conocería.
Nací y crecí en la antigua Unión Soviética. Mi hogar estaba destrozado por dentro y por fuera. Mis padres se emborrachaban con frecuencia, y mi hermanita y yo pasábamos nuestros días buscando comida; a veces comiendo hojas. En mi infancia, me gustaba el color rosado y jugar con muñecas, pero jamás imaginé que tendría mis propios juguetes o alguna cosa de color rosa.
Cuando tenía 8 años, mis padres fueron encarcelados por robo. Poco después, nos llevaron a mi hermana y a mí a un orfanato, lo cual resultó ser un alivio. Los adultos en ese lugar ayudaron a criar a mi hermana, nos enviaron a la escuela y nos protegieron de los malos tratos que sufríamos en casa. Aún así, carecíamos de esperanza. No teníamos nada a nuestro nombre y no teníamos motivos para esperar un futuro diferente.
En mi punto más bajo de sentirme rechazada y despreciada, Dios me obsequió un regalo inesperado: una caja de zapatos envuelta en un papel de colores.
Tenía miedo de abrirla, temiendo que fuera otra esperanza falsa. ¿Qué pasaría si el interior no fuera tan brillante como el exterior? Pero me sorprendió que la caja de zapatos estuviera llena de regalos de color rosa y una muñeca.
La parte más impactante fue el folleto a todo color sobre Jesús y Su amor por mí. Nunca había escuchado sobre ese tipo de amor antes. Pensé que era un cuento de hadas. ¿El Creador de todo bajó y murió por alguien como yo? No podía asimilar la magnitud de algo semejante. Incluso en mi duda, tenía la esperanza de que fuera una historia real y que tal vez había Alguien que velara por mí. Empecé a orar a Dios, pidiéndole que me diera una familia cariñosa.
Cuando tenía 12 años, Dios proveyó una familia cristiana que nos adoptó a ambas, a mi hermana y a mí.
Dios usó a mis padres adoptivos para demostrarme que Él es un buen Padre. Mis padres incluso aprendieron cómo decir «te amo» en mi idioma natal. Cuando sentía que podría perder su amor o que alguna travesura pudiera conducirlos a echarme fuera, mis padres me tranquilizaban: «Dios te ama, nosotros te amamos y no hay nada que puedas hacer para cambiar eso».
Al principio, me sentía avergonzada y no deseada debido a todo mi quebrantamiento. Pero Dios me demostró que incluso en la oscuridad, Él me quiere y está a mi lado cuando estoy desolada.
Como lo dice el Salmo 34:18: «Cercano está el SEÑOR a los quebrantados de corazón, Y salva a los abatidos de espíritu«.
Ahora puedo ver las huellas de Sus manos a lo largo de mi vida. Él provee para mi, restaura mi espíritu abatido y es mi consuelo. Puedo confiar en Él porque sé que Él tiene el control.
por ELENA NICHOLSON
