Llevar la gloria de Dios a lo cotidiano.
Un lunes por la mañana, estaba corriendo junto al río Willamette, en Portland. El sol salió en un espectáculo de tonos naranjas, rosas y morados tan impresionantes que me detuve para contemplarlo. Me giré hacia un desconocido y exclamé, «¿estás viendo esto? ¡Guau!». Terminé mi carrera de vuelta a casa maravillado por el Dios que pinta tales obras maestras.
Al llegar a casa, salí al porche, mi pequeño rincón sagrado para la oración — donde tengo mi Biblia, mi diario y una vela. Pero la vela y el bolígrafo habían desaparecido. Enseguida me di cuenta de que mi hijo de 2 años, Amos, había vuelto a hacer de las suyas, fascinado con el rincón de su padre. La vela estaba metida en el buzón de correo, con la mitad de la cera arrancada. Recogí todo rápidamente y dejé el espacio más o menos como antes, aunque, para mi frustración, el bolígrafo seguía sin aparecer.
Cuando me senté de nuevo a orar, la ironía me golpeó. Aquella sensación de asombro ante el amanecer (mi conciencia de un milagro cotidiano) se había desvanecido en un instante por algo tan pequeño como una vela perdida.
Eso me llevó a preguntarme:
¿Cómo vivo a la luz de la belleza de Dios cuando el amanecer ya ha pasado?
¿Cómo influye el asombro de ese momento sagrado en mi forma de criar a mis hijos, en mi matrimonio y en mi vida?
¿Cómo da mi vida fruto de la oración después de decir «amén»?
Juan 9 relata cómo Jesús sanó a un hombre que había nacido ciego. Es una historia brillante y llena de matices sobre nuestra condición humana y el poder sanador de Dios. «Luego [Jesús] escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva y lo untó en los ojos del ciego. Le dijo: «Ve a lavarte en el estanque de Siloé» (Siloé significa «enviado»). Entonces el hombre fue, se lavó, ¡y regresó viendo!» (Juan 9:6-7, NTV).
A primera vista, el milagro tiene un resultado espectacular, pero su método resulta extraño, incluso desagradable. Sin embargo, si se analiza en el contexto de la historia bíblica, en torno a la cual Jesús dio forma a Su propia vida, todo tiene sentido.
En Génesis 1-2, Dios creó mediante la palabra y el aliento. Cuando llegó el momento de crear a la humanidad, Dios formó a Adán del polvo de la tierra y sopló en él aliento de vida, haciendo del ser humano alguien único, portador de Su imagen. Lo trascendente (el mismo aliento de Dios) entró al polvo, uniendo cielo y tierra en forma humana.
Cuando Jesús sanó al ciego, reflejó el propio relato de la creación… el polvo y el aliento divino uniéndose para dar vida. El mismo toque divino que nos creó también nos restaura. Así, un hombre cuya visión había estado marcada por la oscuridad fue redefinido por el aliento del Creador.
Es tentador contar solo historias extraordinarias y milagrosas como esta. Pero los momentos cotidianos también pueden provocar el despertar más profundo. En mi caso, no fue la majestuosidad del amanecer lo que realmente me cambió. Fue el empujón tierno del Espíritu después de que dejara que la irritación por la interrupción de mi rincón de oración me amargara el ánimo. Me di cuenta de que la presencia desordenada de mi hijo no había disminuido, sino aumentado, la santidad de ese espacio.
Después de aquel día, empecé a escribir un breve poema cada mañana — una humilde práctica de oración creativa dirigida al Dios que a menudo contemplaba en la belleza lejana, pero a quien anhelaba conocer en el caos cotidiano. Lo que ocurre en nosotros cuando oramos, en silencio y con constancia, suele ser más significativo que las respuestas que recibimos. El fruto más duradero y dulce de la oración es interno; nos transforma, ayudándonos a ver con los ojos de Jesús y a responder con Su bondad.
La oración, en su máxima expresión, consiste en practicar cómo llevar la gloria del amanecer a los lugares cotidianos, ya sea en el matrimonio, la crianza de los hijos, la amistad, el trabajo, el descanso, las interrupciones… y aprender a vivir desde una perspectiva celestial.
Que se te abran los ojos a la grandeza de Dios, que cumple Sus promesas incluso ahora, y que encuentres el fruto de la oración después del «amén».
por TYLER STATON
