Una cosecha inesperada.
Es difícil hallar una cosecha abundante de un huerto casero en Colorado. El suelo nativo es de tipo arcilloso y denso, el clima es seco y las elevaciones altas hacen que la luz solar directa sea abrasadora. A pesar de estas condiciones desalentadoras y las cosechas escasas del pasado, mi esposo sigue sembrando sus tomates favoritos cada primavera.
Este año, su diligencia fue retribuida debido a que una temporada más extensa de días cálidos y noches templadas propiciaron una fecundidad floreciente como nunca habíamos visto. Las plantas de tomates sobrepasaron sus cajas, ¡las parras cargaban frutos más grandes que la mano de mi esposo!
Lo que me asombra es que tal abundancia provino de las mismas semillas diminutas que mi esposo había sembrado años pasados. Si bien lo que sembramos está bajo nuestro control, los resultados se basan en algo que no podemos controlar — el clima.
Es un recuerdo vívido de lo que Jesús enseñó en parábolas acerca de nuestro rol sobre compartir el evangelio. Él comparó el compartir la Palabra de Dios con esparcir semillas en varias condiciones o tipos de «suelos» espirituales.
También decía: «Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo (Marcos 4:26-27).
Pero yo no había considerado un punto importante que Jesús hizo en el relato de Marcos. El cultivo crece sin la intervención del sembrador, sin importar cómo esté el suelo.
A pesar de que Jesús no mencionó qué sucede entre la siembra y la cosecha, Él explicó que la fecundidad está fuera de las manos del sembrador: «la semilla brota y crece sin que él sepa cómo» (Marcos 4:27b).
Mi producción inesperada de tomates me recuerda de no juzgar el corazón de alguien o incluso sus frutos pasados antes de sembrar semillas espirituales. No puedo forzar al clima a que propicie una cosecha abundante; tampoco puedo controlar los resultados cuando comparto mi fe. Pero mi trabajo y el tuyo, tal como Jesús lo describió, es continuar sembrando semillas con la comprensión de que el crecimiento está en Sus manos.
Tal vez seas la única creyente en tu familia o en tu trabajo. Quizás te sientas silenciada por la oposición en las redes sociales o en tu vecindario. No importa qué inclemencias te rodean, ármate de valor y sigue compartiendo tu fe. Jesús nos advirtió que, como creyentes que lo representan, nos enfrentaríamos a un mundo de corazón duro (Juan 15:19), pero, amiga, estamos sembrando semillas con Aquel que controla el clima, las estaciones y la cosecha. Sólo Dios puede suavizar el corazón para recibir Su Palabra.
Puede que no veamos los frutos de cada semilla que sembramos, pero tenemos la certeza de que cuando sea el tiempo correcto, Dios podrá proveer lo que sea necesario para que esa semilla madure hasta convertirse en una vid fecunda. En su momento, ¡tal vez nos sorprenda presenciar una bonanza increíble que jamás hubiésemos esperado!
por RENÉE GOTCHER
