Cuando crece la amargura.
¿Alguna vez has sido mal entendida? Todavía recuerdo el impacto que sufrí por una falsa acusación contra mí hace años. Algo que había hecho con buenas intenciones resultó en mi contra. Para colmo, la acusación falsa se convirtió en un rumor.
Me encantaría contarte que respondí de manera súper espiritual, pero mis planes de aclarar las cosas crecieron tanto como un recibo de supermercado. La ira estalló y la indignación se apoderó de mí. Quería limpiar mi nombre. Pero Dios quería limpiar mi corazón. Allí se había alojado un rencor y, sin quererlo, me había convertido en una persona que almacena las emociones compulsivamente.
Mientras hablaba con Dios sobre la situación, Él me mostró la belleza de una vida libre de ofensas y amargura. Me guió a la historia de Ana en 1 Samuel.
Ana anhelaba un niño. Mientras tanto, la otra esposa de su esposo (lo sé, era una vida familiar complicada) ya tenía hijos y no perdía oportunidad de restregárselo en la cara. Ella «provocaba [a Ana] amargamente para irritarla» precisamente durante el viaje anual de la familia al templo para adorar (1 Samuel 1:6, NBLA).
Año tras año, Ana lloraba mientras su rival la provocaba. Sus esperanzas se desvanecían.
Un año, Ana le rogó al Señor que le diera un hijo y se comprometió a devolvérselo para que lo capacitara en el ministerio. ¡Y entonces, zas! Recibió una falsa acusación. Ana estaba orando en medio de su angustia y dolor profundo, ¡pero un sacerdote llamado Elí la acusó de estar borracha!
Y es que Ana le hablaba al SEÑOR desde lo más profundo de su ser, y sus labios se movían pero no se oía su voz, así que Elí creyó que estaba ebria(1 Samuel 1:13).
Imagínate, con las burlas de su rival frescas en sus oídos, Ana ni siquiera podía derramarle a Dios su corazón sin que el sacerdote llegara a una conclusión falsa.
Pero aquí vemos el giro de la trama. Cuando la oración de Ana fue respondida y le nació un hijo llamado Samuel, ella cumplió con su promesa de devolverlo al Señor, poniéndolo al cuidado de Elí para que fuera capacitado para el ministerio.
¿Lo harías? ¿Lo haría yo?
¿Le confiaría mi hijo al hombre que me difamó en mi momento de dolor más profundo? ¿O, en lo más profundo de mi corazón, guardaría rencor? ¿Me amargaría?
Creo que, en esos años de espera, Dios enterneció el corazón de Ana con dependencia y humildad, y así vivió libre de rencores y de cuentas pendientes. Mira el resultado:
Samuel creció, y el SEÑOR estaba con él. No dejó sin cumplimiento ninguna de sus palabras (1 Samuel 3:19, NBLA).
¿Qué historia asombrosa podría escribir Jesús para nosotras si nos negáramos a permitir que la amargura se acumule en nuestras vidas? ¿Qué legado hermoso podría establecer si dejáramos de aferrarnos a lo que nos pide que dejemos? Las Escrituras consolidan el legado de Ana como mujer de oración y como madre de un hijo que transformó la nación de Israel con su sabiduría y autoridad.
¿Cuál será tu legado?
por LAURIE DAVIES
