La respuesta cuando te preguntas «¿y ahora qué?»
Aún puedo ver a mi hija de cuatro años, colgando de enmedio de las barras del pasamanos, muy lejos de la escalera para regresar a donde había empezado, pero no lo suficientemente cerca del otro extremo. La confianza de mi hija vaciló.
«¿Y ahora qué?» murmuró, entre labios estremecidos y sus brazos empezaron a temblar.
Han pasado varios años desde aquel momento en el parque. Pero cuando mi propia vida está colgando de la cuerda floja, con frecuencia me pregunto lo mismo que dijo mi hija: ¿Y ahora qué?
Quizás te hayas preguntado lo mismo en tus propias temporadas de incertidumbre o en los momentos de transición.
¿Y ahora qué? Puede que te preguntes mientras el bullicio de las fiestas se desvanece y la tranquilidad del año nuevo se avecina.
¿Y ahora qué? Tal vez te preguntas mientras buscas liberarte de hábitos dolorosos, pero la sanidad parece inalcanzable.
¿Y ahora qué? Quizás murmures al rendir tus pasos a Dios, pero el camino a seguir parece incierto.
Los momentos de incertidumbre de la vida nos pueden hacer sentir como niñas colgando de las barras en el parque infantil. Cuando nos encontramos entre lo que ha sido y lo que está por venir, es fácil que nuestra esperanza flaquee o que nuestra tenacidad se tambalee.
Pero conforme la historia de la Natividad llega a su fin en Lucas 2, María y José nos muestran otra manera de responder.
Tras el revuelo del nacimiento de Jesús, María y José se encontraban en una situación de incertidumbre. Los ángeles habían regresado al cielo. Los pastores habían vuelto a sus rebaños. Pero María y José no podían retomar su vida anterior. El bebé que Dios envió para salvar al mundo había puesto su mundo de cabeza. Sus reputaciones se vieron empañadas por quienes no comprendían el nacimiento virginal; sus lazos familiares muy probablemente se tensaron; y su futuro era poco claro.
Sin embargo, en vez de quedarse a reflexionar sobre lo que desconocían, María y José nombraron lo que sí sabían.
Lucas 2:21 dice, «Cuando se cumplieron los ocho días y fueron a circuncidarlo, lo llamaron Jesús, nombre que el ángel le había puesto antes de que fuera concebido».
El concepto bíblico de nombrar a los niños estaba enraizado en la creencia antigua de que un nombre expresaba la esencia de una persona. Conocer el nombre de alguien era saber su naturaleza. Y el nombre «Jesús» significa «Dios salva».
Así que cuando María y José anunciaron el nombre de su recién nacido no estaban sólo ofreciendo Su identificación. Estaban haciendo una declaración audaz: Dios había prometido redimir a Su pueblo, y aquel pequeño ser arrugado en sus brazos era prueba de Su fidelidad.
Amigas, la certeza que María y José declararon hace mucho tiempo sigue vigente para nosotras hoy. Jesús está con nosotras, y la Palabra de Dios nunca falla. Cuando nuestra esperanza depende de Él, podemos confiar en la certeza de la fidelidad de Dios por encima de la comodidad de la claridad en cada momento incierto que enfrentamos.
por ALICIA BRUXVOORT
