Una invitación audaz con el Espíritu.
Solía pensar que la vida cristiana «segura» era la meta. Ya sabes a cuál nos referimos: donde seguimos todas las reglas, nos mantenemos cómodas en nuestras rutinas, y evitamos cualquier cosa que pueda parecer demasiado arriesgada.
Todo eso cambió cuando empecé a leer el libro de Hechos y me di cuenta de que Jesús nunca promete ese tipo de seguridad. Él promete poder.
Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, hasta en los confines de la tierra (Hechos 1:8).
Cuando Jesús dijo estas palabras a Sus discípulos, probablemente esperaban una guía detallada para el ministerio. En su lugar, Él les dio algo mucho mejor: una promesa de poder sobrenatural del Espíritu Santo. No para cuando se sintieran listos o tuvieran todo bajo control, sino simplemente cuando el Espíritu llegara.
Y entonces los discípulos se convertirían en testigos en Jerusalén (su ciudad natal); en Judea (áreas familiares y circundantes); Samaria (lugares incómodos y culturalmente diferentes) y los confines de la tierra (territorios completamente desconocidos). Esta fue una declaración de lo que pasaría cuando dijeran «sí» a la invitación audaz del Espíritu Santo.
Esto es lo que me emociona: esta misma promesa es para nosotras hoy.
No tenemos que esperar hasta que nos sintamos capacitadas. El poder no depende de nuestra perfección. Depende del Espíritu Santo.
Pero seamos sinceras… caminar con el Espíritu puede parecer incómodo e impredecible. Puede llevarnos a tener conversaciones difíciles, servir de maneras que nos exijan más o aprovechar oportunidades que parecen demasiado grandes para nuestras capacidades. La vida llena del Espíritu no es una vida segura, pero es la vida más valiosa que podríamos elegir.
Dios nos llama a ser Sus testigos. Quizás sea en nuestro lugar de trabajo, donde hemos optado por lo seguro en lugar de actuar con osadía. Quizás sea en nuestro vecindario, donde hemos estado demasiado ocupadas para interactuar con los demás. O quizás sea en ese sueño que no hemos perseguido por temor.
El que no tengamos que resolver el «cómo» es la maravilla de esta verdad ya que es el rol del Espíritu. Nuestro rol es simplemente decir «sí» a la aventura. Estar dispuestas a salir de nuestro «Jerusalén», a nuestros «confines de la tierra», a donde sea que el Espíritu nos guíe, confiando en que Su poder es suficiente para todo lo que nos espera por delante.
Los discípulos no tenían idea de cómo su «sí» cambiaría el mundo. Pero de todos modos dijeron «sí», y el Espíritu hizo lo que sólo Él podía hacer a través de personas comunes y corrientes, dispuestas a ser usadas de forma audaz.
por MAC BRIDGES
